Teléfonos básicos, fiestas sin móviles, un internet sin redes sociales. Algunos jóvenes sienten que conectan con la era predigital. Pero la nostalgia de un tiempo que no se ha vivido también tiene un reverso político
En el canto XX del ‘Infierno’ de la Divina comedia, Dante rompe a llorar al encontrarse con los magos, astrólogos y adivinos. Han sido condenados por querer conocer el futuro, ver demasiado lejos, y ahora vagan eternamente con el rostro torcido hacia atrás, de modo que sus lágrimas les caen por la espalda.
Emily Segal, autora de la novela Mercurio retrógrado (Cielo Santo, 2024) y cazadora de tendencias para grandes corporaciones, acude a esta escena para describir el momento nostálgico de la generación Z. Según la experta, los jóvenes han dejado de mirar al futuro. Como las almas perdidas del infierno dantesco, parecen condenados a mirar hacia atrás. Los productos que consumen —remakes, revivals, secuelas y reboots— están cosidos con los retales del siglo XX, en especial los de finales de los noventa y comienzos de los años dos mil. Todo lo nuevo resulta conocido.
“La disrupción y la innovación capaces de cambiar el mundo todavía existen”, sostiene Segal por teléfono, “pero el panorama cultural dominante está saturado de remakes nostálgicos”. Pone de ejemplo la fascinación por los vinilos, walkmans, cintas de VHS, polaroids o el uso recurrente de la moda de archivo o vintage en las alfombras rojas. Recuerda que el filósofo Mark Fisher ya detectó este “estrangulamiento cultural” hace una década, como expuso en la charla La lenta cancelación del futuro. “Su máxima de que ‘nada muere’ sigue vigente 11 años después: seguimos rodeados de las mismas formas zombis que entonces”, sostiene Segal.






