En plena era de la hiperconectividad, el acto de resistencia más radical de la generación Z no ocurre en las calles, sino detrás de la puerta de su propia casa. Atrás quedaron las ganas de estar siempre disponibles; ahora, la prioridad es desconectarse, dejar de lado el algoritmo y refugiarse en lo que ellos mismos llaman la estética “cozy” (acogedora).
En lugar de vivir obsesionados con un flujo infinito de notificaciones, muchos jóvenes están cambiando el ritmo: encienden velas artesanales para reducir el estrés, escuchan listas de “lo-fi beats” para crear un ambiente tranquilo y controlado, y se dedican al autocuidado mediante la recuperación de actividades tradicionales.
Para entender este giro, basta con observar las cifras del agotamiento digital. Según la firma de investigación DCDX, un joven de la generación Z pasa una media de siete horas y 22 minutos al día frente al móvil. Dicho de otra forma: dedica un tercio de su vida anual, cerca de 112 días, exclusivamente a mirar la pantalla.
Pero la paciencia se ha agotado y se ha llegado a un punto de inflexión. Un estudio de Talker Research indica que el 63% de estos jóvenes ya limita activamente su tiempo de uso, más que otros grupos de edad. Todo esto ocurre en plena era del “doomscrolling” (deslizar constantemente el contenido en el móvil).









