En 1812 una familia de apellido Antonés, “que dijeron que venía de Italia”, empezó a fabricar sombreros en un cuarto piso del Raval. Poco después, en 1856, se moverían hasta la calle Hospital 83, donde ya abrirían como tienda, y Jaime y Tomàs harían el relevo convirtiéndose en la segunda generación de sombrereros. En 1915 y con el Eixample en plena construcción, decidieron reubicarse hasta la calle Fontanella. Tomàs Antonés Torroja “cogió las riendas de esta nueva tienda”, y su hijo, Tomàs Antonés Antonés, seria quien acabaría asegurando la supervivencia de un negocio que lleva más de 170 años vivo, aunque ahora es Núria Arnau quien abre sus puertas. Antonés Antonés fue amigo íntimo de su abuelo, que murió cuando el padre de Arnau tenía solo nueve años. Este le adoptó, y desde ese momento pasó a vivir en el taller y la tienda donde aprendió el oficio. Esto significó un cambio de apellido, pero no de familia, ya que ella habla de Tomàs Antonés Antonés como su abuelo. Ahora Arnau representa la quinta generación de esta emblemática tienda que sobrevive al lado de Urquinaona entre grandes nombres y aparadores de souvenirs, con una cristalera encabezada por Sombrerias MIL, al lado de su hijo, Jordi Creus, que también trabaja en la tienda..Una supervivencia que se ha basado en “estar siempre al caso de las modas”, explica Arnau. Desde cantantes como Brian Johnson de AC/DC, a series como Peaky Blinders han ido marcando tendencias que Sombrerias MIL ha sabido leer desde su inicio: “Mi madre, Carmen Roldó, fue quien impulsó los sombreros de mujeres”. Otro ejemplo fueron las gorras: “En los 60-70 hubo un boom”. Los motoristas las usaban como casco, aunque la moda se incrementó por el sombrerismo: después de la Guerra Civil algunos interpretaron los sombreros como símbolo de algo que no les identificaba. Las gorras —que hoy siguen siendo el producto “estrella” de la tienda— aparecían como una novedad alejada de toda ideología. “Cada generación ha aguantado un problema u otro”, reconoce Arnau. En su caso, es el de sobrevivir en una Barcelona expansiva con precios de alquileres altísimos y llena de turistas. La clientela que reciben precisamente se divide entre los de fuera, y los locales. En verano más de los primeros, en Navidades más de los segundos. Algunos curiosos, otros con un objetivo claro, como es el caso de los turistas orientales: “Vienen sobre todo por la Boina Vasca”, reconoce Creus. “Se ve que aparecemos en alguna guía por China y vienen mucho. Además, da la sensación de que cuando entran ya saben por dónde tienen que ir”, añade Arnau. Ahora han vuelto a fabricar poco a poco y hacen talleres para los más curiosos: “Te enseñamos a hacerlo y te lo llevas a casa”, explica su hijo. De entre todas las novedades que están planeando, la que pone la ciruela encima del pastel, es la de fabricar el sombrero de Gaudí: “Me quedé los sombreros de Vicenç Bosch y entre ellos estaba un modelo que podemos adivinar que es el de Gaudí”, avanza Arnau. Aun así, también reconoce que sobrevivir no solo depende de las ganas de reconvertirse. Occident es el propietario del edificio, y “desde el primer momento” ha querido defender “este tipo de negocios históricos”, ha afirmado Edgar Buch, director de inversiones inmobiliarias de Occident. Por eso han firmado un acuerdo que garantiza un “alquiler asequible” después de la reforma integral que han hecho en el edificio. “No todos los negocios emblemáticos tienen la suerte de tener un Occident que está apostando”, lamenta Arnau.
Núria Arnau, de Sombrerias MIL: “Hemos sobrevivido estando siempre al caso de las modas”
La emblemática tienda de sombreros celebra los 170 años de negocio en medio de una Barcelona de ‘souvenirs’










