Salir al monte a recoger hierbas para curar o aliviar cualquier dolencia o simplemente en busca de relajación es una tradición que hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Cuentan que Benedicto XIII salvó la vida gracias a la infusión de varias plantas de la Serra d’Irta que frenaron los efectos del veneno que sus enemigos le sirvieron en un suculento postre. Hoy, en Peñíscola, se sigue vendiendo la Tisana del Papa Luna, se supone que compuesta con los mismos ingredientes que tomó el hereje encastillado en el siglo XV.El origen de Herbolario Navarro solo se remonta al siglo XVIII. Una pequeña tienda abastecía de plantas medicinales que crecían en las sierras de la Calderona, Aitana o Mariola a los ciudadanos de Valencia en el centro de la ciudad. A principios del pasado siglo, el abuelo de Pepe Navarro entró a trabajar en ella como aprendiz, aprendió muy pronto y su familia acabó adquiriendo el negocio que hoy se extiende por numerosas provincias españolas a través de 84 supermercados ecológicos. Las hierbas se mantienen, pero los productos no han dejado de crecer en sus modernas estanterías hasta convertirse en un referente en el sector.“En los noventa llegamos a ser el supermercado ecológico más grande de Europa”, cuenta Pepe Navarro, de 51 años, actual director general, tercera generación al frente del negocio. El 50% de la facturación que el pasado año se elevó a 65 millones (este año prevén unos 84 millones) procede de la alimentación ecológica, del producto fresco como la fruta, la verdura o la carne, y del envasado, como las galletas, el tofu, el paté vegetal, los chocolates, las bebidas o las mermeladas. La dietética y la cosmética naturales, los productos de higiene personal y los detergentes conforman el grueso del resto de su oferta.La central de Navarro en Valencia cuenta con un servicio de restauración con platos cuyos ingredientes salen directamente de la tienda. La mayoría son vegetarianos, por las peticiones del cliente, pero también se ofrecen carnes ecológicas, por ejemplo. Destaca especialmente el variado menú de tartas y postres. “Ahora vamos a sacar un modelo cuando la superficie de la tienda lo permita en la que ofreceremos restauración, pero de autoservicio, con una línea de productos para calentar y listo para dar a la gente la opción de comida rápida pero sana”, apunta Navarro. La idea es introducir este servicio próximamente en Madrid, donde cuentan con 17 establecimientos. El director general explica que la gran mayoría del producto fresco que ofrecen es de proximidad e incide en establecer una relación justa y directa con los proveedores, que deben garantizar el cultivo natural de las frutas o verduras o que los animales vivan en libertad. “Intentamos encontrar productores, acortar la cadena de suministro y si podemos, trabajar directamente con el agricultor, por ejemplo. Queremos que el tomate sepa a tomate, no que sea especialmente voluminoso”, añade.Los precios de los productos ecológicos siguen siendo más elevados que el resto. “El diferencial con la alimentación convencional ha ido disminuyendo. Es cierto. Pero sigue siendo un producto más caro”, reconoce. La pasada semana, se vendía, por ejemplo, a 3,99 euros el kilo de plátanos; a 2,80 los 200 gramos de arándanos; a 2,99 el kilo de una clase de tomates valencianos; a 14.90 el kilo de pollo; a 7,95 un tarro de caldo de conejo o entre los 17 y los 21,9 euros las hamburguesas. El cliente es cada vez más transversal, menos de nicho, apunta Navarro. El consumo de estos productos ecológicos en España crece, pero es muy inferior al de Suiza, Francia, Italia, Alemania u otros países del Norte de Europa, a pesar de ser el primer productor de la Unión Europea (UE) en superficie de producción ecológica, con casi tres millones de hectáreas, y sexto del mundo (según datos oficiales de 2024 del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación). “Mucho producto de calidad, ecológico, se está yendo al Norte de Europa. El consumo en España está creciendo, pero aún nos queda muchísimo camino que recorre”, señala. Pepe y sus hermanas, Camen y Paula, han viajado mucho desde niños. “El otro día inauguramos tienda en Gran de Gràcia, en Barcelona, y recordábamos cómo mis padres cogían el coche en cuanto había una fiesta y nos íbamos todos, siendo unos nanos, a Barcelona a ver las tiendas, que entonces eran las más modernas de España. Y en las vacaciones aprovechábamos para ver ecotiendas, pero en Suiza, Holanda o Bélgica”, relata. “Yo tenía un poco el complejo de Manolito, el personaje de Mafalda, porque nos hemos criado en la tienda”, agrega el licenciado en Administración y Dirección de Empresas (ADE).Su madre, Lola Catalá, de 73 años, continúa ligada al negocio y ejerciendo de matriarca del herbolario. “Ya no está en el día a día, pero sí en las decisiones importantes”, apunta el hijo, que recuerda la labor fundamental de su padre, fallecido hace años, en la evolución de la empresa desde su origen como herbolario.“A partir de los 70, mi padre decide apostar y empieza a introducir, por ejemplo, miel, jalea real, vitaminas, germen de trigo, levadura de cerveza... Esto que ahora parece supercomún, pero entonces no lo era. También galletas para diabéticos, productos sin gluten para los primeros celiacos que se diagnosticaban. A partir de finales de los 80 y principios de los 90 empezamos a tener ya productos ecológicos, además del herbolario, cuando empiezan a funcionar los certificados de productos ecológicos. Entre 2001 y 2008 crecimos en régimen de franquicias, pero no nos acababa de gustar el modelo y en 2008 es cuando damos el paso a tener tiendas propias. Hasta hoy”, explica.