Hojas, tallo, flores, semillas y bulbo se convierten en ingredientes de numerosos platos de raíces populares gracias a su intenso aroma anisado y su sabor dulzón, que destacan sobre todo en su versión silvestre
Con cariño, Antonio García recuerda cómo sus mayores le contaban historias de la Guerra Civil y los años posteriores siempre con un elemento común: el hambre. La familia residía en Frigiliana, en la comarca malagueña de la Axarquía, donde la pobreza era moneda común. Vivían, al menos, rodeados de una exuberante naturaleza mediterránea al pie de la sierra, celebrada porque de ella se podía comer: de algarrobas a espárragos o ajoporros, solo hacía falta salir a recoger, si es que se podía. Había, eso sí, una hierba especial. “Mi abuela era fanática del
is.com/noticias/hinojo/" rel="" data-link-track-dtm="">hinojo. Cuando llovía salía a por él porque era, y es, un manjar”, dice García, cocinero y propietario del restaurante El Acebuchal, escondido en una deliciosa aldea que lleva su mismo nombre, donde justo estos días sirve un exquisito potaje de hinojo recogido por él mismo. “Es puro aroma, sabor y color”, subraya. Salir al campo a cosecharlo es tan antiguo como los caminos en cuyos límites se hace fuerte.






