Nuestro hombre, así lo llama Miguel Sánchez-Ostiz en su brutal novela Las Pirañas, se junta con lo más fresquito de la sociedad pamplonica para, cada jornada, como aves insomnes y noctámbulas, recorrer los bares, pubs y puticlubs más asquerosos de la capital navarra en busca de otra ronda de copas, de otro bocadillo de chistorra, de otra larguísima raya de farlopa que nunca sacia; son pirañas, puras pirañas en el sentido más estricto de la imaginación popular y cada uno de ellos, alguno abogado del tres al cuarto, otro proxeneta insomne y más de uno opusino de pura cepa transmutado en sociata al olfatear el cambio de sentido común en la Transición – el gran partido español es la gran casa de todos, pero también un estupendo contenedor –, es insaciable porque necesita un nuevo bocado más del pastel jugoso que la vida pura y puta ha puesto tan cerca de sus narices. No paran de comer y beber y drogarse porque no pueden hacerlo; su ADN fue codificado para no saciarse nunca, para desmigajarse los dientes al morder un ladrillo de perico, poder y dinero si así lo manda el empujón de la corriente implacable: ya pararán cuando estén muertos o la tripa les estalle.PublicidadLeo estos días en la prensa, al rebufo del caso Ábalos y la trama Zapatero – que cada día palmean en un palo más cercano: las pirañas tienen la mala costumbre de atacar en banco, en manada, para arrancar más carne de la presa pública –, columnas literarias estupendísimas que dudan de los hechos imputados sobre el expresidente, e incluso el exministro, porque a sus autores no les entra en la cabeza que una persona que lo ha tenido todo, que quizá todavía lo tenga, se enmarrone con unas actividades que el señor juez deberá probar ilegítimas, pero que a ojos de cualquiera libre de un espíritu pick me psoez son tan turbias y densas como el mar muerto, aunque sean legales; ¿cómo puede ser que un tipo con semejante pensión vitalicia se embarre los pies con esos líos, cómo es posible que un ministro con un poder descomunal se juegue la libertad por un puñado de perras, si ambos ya tienen el dinero suficiente para pegarse la vida padre y dedicarse a escribir un diario de ornitología? Porque las pirañas no pueden parar, la evolución no les dio un mecanismo para hacerlo.Recuerdo que Ábalos, en su declaración en el Tribunal Supremo, dijo una frase que pretendía ser exculpatoria, pero que lo impregnó aún más en el marrón: "¿cómo voy a ser tan barato para venderme por 10.000 euros al mes?", soltó ante sus señorías. El señor exministro midió horriblemente mal el alcance de aquella frase porque se desveló como piraña; se desveló como un jefecillo del banco tan pasado de rosca, tan acostumbrado a ciertas cantidades de embrujo que aquí abajo nos suenan solo del eco – 10.000 euros al mes, en negro, son 120.000 euros netos al año –, que los restos de la carne que ha arrancado por ahí le saben a poco, a triste paluego olvidado; nos mostró el tamaño y el filo de los colmillos, y nos previó, desde su inconsciente, de lo poco saciado que aún está.Los políticos, empresarios y poderosos nunca pueden parar de acumular dinero y poder, aunque ya tengan el suficiente para sustituir la sangre de su dinastía por oro líquido; quienes se mueven en esos círculos y aspiran a degustar esos ceros, quienes están dispuestos a superar ese número de obstáculos y horrores para pillar la batuta del poder no pueden llegar de repente, pongamos que un lunes por la mañana, y decidir que ya han legislado demasiado o se han comido suficientes ostras bañadas en Perignom; la ambición es siempre infinita y se activa automáticamente al olfatear el pastel del dinero público como a las pirañas lo hace un cadáver sangriento cerca de la orilla. Claro que Zapatero no se conformaba con su gruesa pensión vitalicia ni Ábalos con sus salarios como secretario de organización y ministro de Transportes; ambos necesitaban más emociones y facturas, más casas y más citas, más botellas de Lagavulin y más risas, más música saliendo de sus mandíbula al masticar ese trofeo sangriento de poder y dinero que no llenaba sus tripas, sino que los empujaba, tan insaciables como Erisictón después de ser castigado por la diosa Deméter, a buscar más carne que tragar.