No hay motivo por el que esta gente debe estar en un ‘reality’. Imagino que la inspiración fue el programa de las Kardahsians, pero ellas son millonarias, y estas son solo pijas de andar por casa

De repente el programa de las Pombo va por la quinta temporada. Algo que a duras penas daba para una temporada ha llegado a cinco ediciones de anécdotas sin interés, reflexiones de Perogrullo, y sin un solo conflicto reseñable. ...

Las Pombo (cada una con su Ken, también conocido como esposo) y sus padres no son gente a la que podamos odiar (no son Von Stroheim precisamente). No han dicho nunca nada remotamente polémico (más allá de aquel hurra por el analfabetismo funcional que lanzó María Pombo en un renuncio). No sabemos qué opinan sobre Afganistán, Gaza, Pedro Sánchez. Las polémicas en las que se ven envueltas las hermanas son de usar y tirar, y los conflictos familiares son como los de cualquiera de nosotros, solo que un poco más aburridos.

No hay motivo por el que esta gente debe estar en un reality. Imagino que la inspiración fue el programa de las Kardahsians, pero ellas son millonarias, y estas son solo pijas de andar por casa.

En cada temporada aparecen niños nuevos. Aquí en Pombolandia los niños van siempre bien peinados y de punta en blanco. En la quinta temporada a Marta se le queda pequeña la casa y a María se le queda pequeña España, así que se va a Miami con la idea de hacer un negocio de tortilla de patatas, pero al final no lo hace. En Pombolandia nadie parece trabajar, pero siempre hay dinero para un hijo más, unas vacaciones en familia, un cambio de chalet. En Pombolandia las aventuras son suaves, beige. Nada destaca, nada chirría. Seamos claros: Pombolandia es un tostón.