Aquí, en el parque de bomberos, somos de talante un poco neura –¡qué mal ha envejecido la palabra!–, de obcecarnos con la cabeza de las cerillas y los fuegos. Y es por ello por lo que aplaudimos a rabiar cuando la escritora Mar García Puig confiesa su querencia por “la gente que es fiel a sus obsesiones”, como ella misma. Se refiere al periodista cultural Víctor Fernández, quien acaba de publicar un epistolario cruzado entre Federico García Lorca y su familia, un libro abundante en material inédito: No te olvides de escribir (Akal). El autor, uno de los más expertos estudiosos del poeta y dramaturgo granadino, agradece en el prólogo la paciencia de su santa, la periodista y ensayista Anna Maria Iglesia, también presente en el acto, por soportar su prolongada monomanía: Lorca es “el tercero en la relación”. La casa donde conviven arrastra ya muchos años de excavaciones arqueológicas en los archivos.Estamos a martes, esto es la +Bernat, y el libro cuenta con otro padrino de excepción, Enrique Vila-Matas, quien acude al encuentro con una gorra ­beisbolera muy chula. Admite García Puig su fijación de picapedrero por leer la correspondencia entre madres e hijos escritores, entre quienes cita a Proust, a Sylvia Plath y desde ahora, claro, al autor de Bodas de sangre y su progenitora, Vicenta Lorca Romero. “Mándame calcetines”, le pide el hijo helado en una misiva (“el frío puede ser también metafísico”). Y la madre, una humilde maestra de la Vega de Granada, le responde en otras: “Que te cuides y engordes”; “no pierdas el tiempo”; “envíamelo, que te lo vas a gastar” [se refiere al dinero que gana el autor de Bodas de sangre como conferenciante en su aventura americana]. Dadivoso como era, Lorca dejó a los amigos, los que habían acudido a despedirle al puerto de Buenos Aires, un sobre lleno de billetes “para que siga la fiesta”, cuenta Vila-Matas.Al autor de Bartleby y compañía le cautivan tanto una carta fechada en Nueva York, en que el poeta reconoce haberse perdido, como sus premoniciones de muerte, las de un andaluz trágico. Volcó alguna en Poeta en Nueva York: “Me buscaron en los cafés, en los cementerios y las iglesias; /abrieron los armarios y los cofres; / destrozaron tres esqueletos / para arrancar sus dientes de oro”. Se ha juntado un buen puñado de gentes en la librería de la calle Buenos Aires, entre ellas Paula de Parma y los escritores Ignacio Martínez de Pisón, Marta Borraz, Víctor Amela y Marta Carnicero. La tertulia acaba derivando en la muerte de Lorca, de cuyo asesinato se cumplen 90 años en agosto, y en ese tramo funesto de la carretera de Víznar a Alfácar. Son estos ratos los que nos salvan.Mar García Puig, Víctor Fernández y Enrique Vila-Matas enla +Bernat el martesXavi JurioVíctor Fernández presenta un nuevo epistolario entre el poeta García Lorca y su familiaLorca revive en el esplendor de mayo, el mes de las flores y Hacienda, en la misma semana en que concluye el festival Barcelona Poesia y en que Sebastián Candado, poeta y médico neumólogo, bautiza De un tiempo, en algún lugar (La Garúa), una gavilla de versos sobre la verdadera patria, que se ubica entre la infancia y el idioma; en su caso, en la Santa Coloma de Gramenet de los años cincuenta, un territorio de amaneceres nublados, con “cielos color pelo de rata”, donde los alaridos de las sirenas llamaban a las fábricas. Lo presentó el jueves, de la mano del editor, Joan de la Vega, en el centro de arte Can Sisteré. Ya decía Lorca que la poesía es algo que “anda por las calles”, que se mueve, que pasa por nuestro lado, que todas las cosas encierran su misterio. Ramón Andrés, premio Nacional de Ensayo, ha dedicado unas palabras de elogio a unos versos “de vida adentro” y a un poeta que “ha vivido sin pedir treguas” y conserva el rescoldo de la rebeldía interior.