En la primera presentación de ‘Marcelino’, en la librería Ramón Llull de València, acabaron todos los asistentes, y la propia autora, bailando agarrados. Fueron pasodobles. Puede parecer algo anacrónico, en estas épocas en que los jóvenes apenas bailan y ni siquiera aplauden, pero solo te extraña si aún no has leído la preciosidad de novela que ha bordado Bibiana Collado con una lata de galletas danesas llena de hilos viejos de mil colores. Cuando lo has hecho y ya conoces a Marcelino, bailar agarrado te parece lo más normal del mundo. Lo justo, lo deseable.PublicidadMarcelino (Pepitas de Calabaza, 2026) contiene en sus casi 150 páginas la diminuta inmensidad de la vida de la gente corriente, con las pequeñas desgracias íntimas propias y de los otros, esas miserias fundacionales que a menudo ignoramos, por comunes. Y también los gozos, las chispas brillantes que brotan algunos ratos en el transcurrir de los días y que, al final de la carrera, serán las frases subrayadas en el resumen de nuestra vida. Y sobre todo, flotan y se elevan los afectos, esos globos aerostáticos, esas boyas en nuestros mares privados. Marcelino son los “decires de un hombre” de la generación de la que nos quedan ya poquísimos retazos, de un modo de vivir y unas costumbres que se han ido disolviendo, casi sin darnos cuenta, en un mundo que ya es otro. Marcelino es un hombre sencillo, de campo, del siglo pasado, que nos habla de sexo, de miedo y de amor y del pasar de los días con un franqueza tan tierna que conmueve la piel y todo lo que hay por dentro.En este punto, debo reconocer y reconozco que, sin ser yo nada de eso, he llorado mucho con Marcelino, con su Encarna y con la belleza de la sencillez con que Bibiana Collado describe sentimientos muy complejos. En la plasticidad evocadora de su lenguaje se evidencia que Bibiana es poeta y que en la danza que crean las palabras, en boca de un anciano sin cultura, caben un ritmo y una cadencia que te devuelven la fe en el poder ilimitado de los versos para transformar la textura de nuestra realidad. Ya no cantamos casi, ya no hay coplas para los mozos, ni siquiera velatorios en comunidad, pero algo de todo ese acervo permanece en nosotros, aunque nuestros abuelos ya murieran hace tiempo. En algún momento de la lectura la prosa me recordó a un cantar y se me ocurrió que a Rodrigo Cuevas, y a otras personas que hacen de la cultura tradicional una inspiración y una reivindicación, les gustaría mucho este libro.A Bibiana le temblaba la voz, hace muy poco, leyendo un fragmento de la novela en un podcast valenciano sobre literatura que ambas frecuentamos. La escuché por casualidad, yendo a trabajar en un cercanías lentísimo, y no pude evitar que se me escaparan unas lágrimas tristes y traidoras oyendo su emoción asomarse tras los fonemas. Una estudiante con cara de sueño me miraba inexpresiva, sujetando su mochila, pero la pregunta no debería ser quién llora en el tren a las siete de la mañana sino por qué no está medio vagón llorando, a esas horas y con todo lo que arrastramos. No hay nadie cuerdo y feliz en este mundo y en algún momento de esta época deberíamos asumir que la felicidad es un destello, la cegadora luz de un faro que va girando, y no un estado permanente, ni siquiera sostenido. De eso Marcelino sabe mucho, aunque no sepa cómo explicarlo. Bibiana sí lo sabe y cuenta atrás los capítulos en un flujo de pensamiento y recuerdos en el que la desolación privada y la luz más intensa conviven, se suceden y a veces incluso coinciden. Porque la vida es así de confusa.Dice Bibiana Collado que escogió Marcelino como el nombre de su protagonista porque era un nombre de hombre mayor bueno. Lo cierto es que hay que quererle, porque eso es justo lo que es y lo que le hace entrañable e inolvidable, sobre todo en la relación íntima con su mujer, preñada de veneración, deseo y respeto. No estamos muy acostumbrados a vincular con naturalidad sexo y vejez, incluso nos incomoda a veces, como si el placer o el amor fueran patrimonio de una franja de edad concreta o si los ancianos no hubieran vivido antes una juventud y una madurez con idénticas ganas y motivaciones a las nuestras. Esta novela es en eso, y en otras cosas, un atrevimiento. Era un reto encajar esa visión honesta y desacomplejada del sexo con un registro lingüístico rural y tradicional sin perder delicadeza ni belleza.PublicidadLeí no hace mucho Chispitas de carne, el último poemario que Bibiana Collado ha publicado, y lo hice con una mezcla de admiración y desolación que me impregnó el ánimo durante unos días. Marcelino me trae de nuevo esa sensación dual, de belleza triste que necesita un hondo suspiro para diluirse, y me alegra mucho que la realidad le haya traído a Bibiana el merecido éxito de esta novela en el momento vital perfecto, algo que me reconcilia con mi particular sentido de justicia divina. Leed a Marcelino, acordaos de vuestros abuelos. Y volvamos a bailar agarrados siempre que podamos.
Algún hombre bueno
Leed a Marcelino, acordaos de vuestros abuelos. Y volvamos a bailar agarrados siempre que podamos









