La joven Adriana, de 14 años, ha bailado por las empinadas cuestas de Anguiano sobre unas plataformas de 45 centímetros de altura

Anguiano es un pequeño pueblo de La Rioja con apenas 500 habitantes y cuenta con una singular tradición. Desde hace más de 400 años, ocho danzadores, vestidos para la ocasión con camisa blanca, un colorido chaleco y un amplio faldón ―que recibe el nombre de saya― y unas castañuelas en sus manos, bajan por sus cuestas empedradas al ritmo de la dulzaina y el tamboril. La dificultad es mayor al hacerlo provistos de unos zancos de un mínimo de 45 centímetros de altura y girando sobre sí mismos. El público que abarrota las estrechas calles de esta localidad sirve de parapeto para frenar a estos valientes en su desafío de no caer al suelo durante el baile.

Una costumbre cuya primera referencia escrita se remonta a 1603 y que ha llegado a nuestros días para disfrutar de una tradición que se celebra tres veces al año: en mayo, al día siguiente de la Ascensión; en julio, durante las fiestas patronales en honor a la Virgen de la Magdalena; y el último sábado de septiembre, con motivo de las fiestas de Acción de Gracias.

Precisamente, la fiesta de este año quedará para la historia porque, por primera vez, una mujer ha participado en la danza de los zancos después de más de cuatro siglos. Se trata de Adriana Rueda, una joven de 14 años residente en Logroño pero con raíces en esta localidad, que ha bailado junto a otros siete jóvenes. Un día para el recuerdo con máxima expectación en las calles y después de que su padre ―antiguo danzador― le ayudara a calzarse los zancos.