Solo el 30% de los pasos llevados por costaleros incluyen a mujeres, lo que da una idea de la igualdad real en este sector
Esa mañana Maruja Vilches se vistió con esmero. Se quitó sus mejores pendientes, desnudó sus dedos de sortijas. Se lavó la cara, eliminando todo rastro de maquillaje. Se calzó las sandalias, se enfundó en la túnica y se puso el antifaz. Tuvo que hacerlo al resguardo de miradas, pues iba a procesionar de incógnito. Llegó a la iglesia con el tiempo justo, un nazareno anónimo y presuroso por las calles de Sevilla. Era 1985. ...
De esta forma discreta, la hermandad de Los Javieres rompía con 600 años de historia y permitía a las mujeres procesionar por primera vez como nazarenas. “En mi hermandad salimos cinco mujeres”, explica Vilches en conversación telefónica. “Se lo pedimos al arzobispo y él, que estaba deseando, porque don Carlos [Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla en la época] siempre estuvo a favor, dijo que lo hiciéramos como una especie de prueba. Que ese año fuéramos de incógnito, que no lo supiese ni Sevilla ni los hermanos, solo el hermano mayor. Fue precioso”.
La prueba salió bien, tanto que al año siguiente, Vilches y sus compañeras se unieron a los nazarenos de forma pública. No era un secreto, sino un orgullo. “Se formó un polvorín…”, dice la mujer. “Vino Telecinco, Antena 3… ¡hasta el New York Times!”. La reacción fue excesiva, pero positiva, recuerda. “Veías que la gente te miraba, que intentaban adivinar si debajo del antifaz había un hombre o una mujer, aunque yo disimulaba muy bien porque soy muy alta”. Vilches fue una de las primeras mujeres en procesionar como nazarena en España. Acabó incluso presidiendo su cofradía. Aquello fue posible porque solo dos años antes, en 1983, el nuevo Código de Derecho Canónico prohibió la discriminación por sexo en asociaciones de fieles. Las asociaciones se fueron adaptando. Fue el pistoletazo de salida a una carrera hacia la igualdad que, como se ha visto esta semana con el caso de Sagunto, no está exenta de obstáculos.






