La vida no es precisamente una caja de bombones –como decía Forrest Gump cuando convidaba con un chocolate– para Elvira, una chica de 15 con algún retraso madurativo dentro del espectro de la neurodivergencia, con una sensibilidad otra. En ese pueblo del territorio nacional, hacia fines del siglo pasado, ella no recibe ninguna terapia acorde a sus necesidades y –en ausencia de su madre– es criada con buena voluntad, pero sin los recursos apropiados, por su abuela Lucha. Menos aún está su padre en condiciones de educarla, ni siquiera cuando está sobrio. Y mejor no hablar de su tía abuela Nancy –con la que Cecile Caillon se hace un banquete, impecablemente ataviada por Julieta Capece– egocéntrica y prejuiciosa, alcohólica disimulada que, en ese mes de diciembre, solo piensa en su vestuario para actuar en el pesebre viviente que se está preparando, donde ella –madura y platinada– decidió hacer de la Virgen María. También enfervoriza a N –pero no por el lado piadoso– el haber sido designada delegada parroquial junto a su hermana Lucha, y se relame imaginando la envidia de otras feligresas.
Elvira recibe más críticas por sus infracciones que comprensión o alguna forma de estímulo, si bien la abuela se preocupa sinceramente por el destino de la jovencita cuando ella “ya no esté”. Por si fueran pocos los bombones en la vida de Elvira, en la primera parte de la obra teatral No me dejes en Belén –Recientemente estrenada–, su otra tía abuela, Raquel, yace en el cuarto del fondo con un cáncer terminal. Afortunadamente, está la querida perra Reina para darle compañía y amor; y convocada por la abuela, llega a la casa Milagros, Mila: una chica trans que otrora fue Omar hasta que cambió su identidad de género y tuvo que dejar la familia, el pueblo. En Mila, Elvira ha de encontrar aceptación sin rodeos, afinidades, complicidad, esa dulzura que anhela y que apenas recibe de su abuela.







