Mientras traducía unos manuscritos inéditos del francés Marcel Proust (los borradores originales en que el escritor dio origen a En busca del tiempo perdido), algo atrapó al argentino Alan Pauls. Le llamó la atención todo lo secundario en torno al texto mismo, y eso comenzó a dispararle una idea. “El material tenía su encanto, pero muy pronto —flechazo nabokoviano— me cautivaron más bien la introducción, el prólogo, las advertencias, los comentarios, los posfacios, las notas al pie demenciales que lo acorralaban. Con el pretexto de aclararlo, me pareció que ese andamiaje elefantiásico —que triplicaba la extensión del texto proustiano— contaba sotto voce, con un grado de elusividad diabólico, la variedad insólita de litigios, provocaciones, zancadillas, deudas impagas y rivalidades que atraviesan la industria editorial subsidiada por las royalties del divino Marcel. Me dije: qué chiflada puede ser la gente cuando lee. Eso, más una frasecita que leí en un libro de McKenzie Wark —‘Lisa Nakamura, a quien conocimos en el capítulo 1’ o algo así—, más las ganas locas que tenía de escribir, de desaparecer en primera persona: eso puso en marcha la novela”. Esa idea lo llevó a escribir una novela en que en una biografía de un escritor ficticio -Baldó- aparece un personaje aparentemente sin ninguna importancia -Bernal-, alguien se fija en él y comienza a deshilachar su historia, la que de paso es una crítica al mundo literario, al académico, y al modo en el que se construyen las biografías. De eso trata Malas lenguas (Random House) la última novela del destacado autor trasandino. Es una narrativa densa, que exige atención muy focalizada del lector, pero que lo arrastra sin más hacia un llamativo juego literario. Siempre con la habitual pluma refinada de Pauls.Alan Pauls (c) Alejandra López Malas lenguas parte de alguien que se obsesiona con un personaje secundario leído en una biografía. ¿Le interesaba explorar cómo ciertos detalles mínimos pueden abrir mundos enteros? Por supuesto: el detalle es el punto negro, la mancha, la perturbación por excelencia. Es lo insignificante y lo que marca la diferencia; lo que el sentido común desdeña y descarta y lo que termina resolviendo un crimen. Decimos “¡es un detalle!” para sostener dos cosas antagónicas: que algo no es nada y que lo es todo. Esa mezcla perfecta de nimiedad y envergadura es lo que lo hace grandioso —para un escritor pero también, o sobre todo, para un lector que se considere más o menos perspicaz. Y Malas lenguas es una novela de lectores muy perspicaces. En la novela aparece la biografía casi como un género sospechoso, lleno de zonas manipuladas o incompletas. ¿Qué le atrae (y qué le repele) del género biográfico? Muchas cosas, pero en esta novela dos en particular: una, la relación extraña, íntima, persecutoria, que tienen los biógrafos con sus objetos, la avidez casi carroñera —la palabra es de Henry James, que intentó escaparles como a la peste— con que darían la vida por hurgar en los despojos de sus criaturas. Es difícil no preguntarse por qué alguien elige contar la vida de otro. ¿Por qué ese otro y no otro? ¿De dónde viene esa cruzada de saberlo todo, esa fijación, esa voluntad de ser un experto en vidas ajenas? La segunda es cómo leemos biografías, qué clase de angustia o de morbo —no importa lo disfrazado que esté de admiración profesional, reverencia fanática o neutralidad erudita— son esos que hacen que nos asomemos a las piruetas que hace un lunático para darle sentido a la vida de otro como al oráculo que nos revelará el sentido de la nuestra. ¿Hay biografías que le hayan llamado la atención para bien (o para mal)?Para mal, muy pocas. Como no soy fan y el género es tóxico, siempre traté de leer las mejores. Me gustan mucho el Johnson de Boswell, el Kafka de Reiner Stach, el Duchamp de Calvin Tomkins, el James de Edel, el Flush de Woolf (y me gusta que cuando se habla de biografías se nombren siempre dúos, un poco como se habla de dúos para hablar de personajes de ficción inmortalizados por grandes interpretaciones actorales: el Otello de Welles, la Blanche duBois de Vivien Leigh...) Y me gustan sobre todo experimentos como el Evaristo Carriego de Borges, el Sobre Barbara Loden de Nathalie Léger o el Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria, libros de incrédulos que problematizan el género al límite y quizá lo renueven más que esos mamotretos de mil páginas donde nos enteramos de qué comía Proust en el Ritz (comía siempre lo mismo) o qué mariposa de qué color apadrinó Nabokov en sus ratos de ocio, vestido con las bermudas de boy scout que luce en una foto famosa. Santiago 05 de Abril 2024
Alan Pauls: “Ahora mismo me preocupan menos los que escriben que los que leen” - La Tercera
El destacado autor argentino presenta Malas lenguas, una novela nacida del fetichismo por los detalles y una ácida mirada a la trastienda de la industria editorial. "Las escuelas de escritura proliferan como hongos, pero ¿qué pasa con las de lectura, que son tanto más urgentes?".











