Hong, la última novela del escritor chileno Gonzalo Maier llegó “sin querer, como casi todo”, dice el autor en charla con Clarín, después de una reciente visita donde la editorial Eterna Cadencia lo publicó por primera vez en Argentina. Dice Maier, que vive en Santiago de Chile y dicta clases de literatura, nacido en 1981 y autor de libros como Leyendo a Vila–Matas (2011), Material rodante (2015), Leer y dormir (2021), Cuando cumplí cuarenta (2024) y ¡Milagro! Un retrato de Violeta Quevedo (2025), que nada fue planificado, y así es como cree que vive la literatura: estaba escribiendo otra cosa cuando entonces vio una película sobre una novelista que no escribe y una actriz que ya no actúa, y al final, si mal no recuerda, la novelista empezó a filmar a esa actriz, “casi de la nada, como si en ese gesto fuera lo único real a lo que podía aspirar”.La película de la novelista, se llamaba, y estaba dirigida por el director coreano Hong Sang–soo. “Pensé: esto me interesa y no sé cómo nombrarlo. El libro fue el modo de rodearlo, diría. Tampoco quería escribir un ensayo sobre Hong ni una ficción que lo usara de excusa. Quería algo intermedio, un poco parásito. Hong filma gente que conversa, toma, vuelve a conversar. Yo quería un libro que hiciera algo parecido: que no avanzara mucho, que no se tratara de nada claro, que no se resolviera del todo”, desarrolla Maier.El autor buscaba que su nouvelle de poco más de ochenta páginas hablara sobre el deseo de la creación, del dinero y la supervivencia, de la escasez y la ética, de las frustraciones y los caminos posibles del arte contemporáneo, en un montaje paralelo entre un personaje que quiere ser escritor y se piensa en una máquina portátil de doce pulgadas, transportable y sencilla, con el cine minimalista y algo nostálgico del director surcoreano, en el que Maier se apoya como base para hablar del arte como una forma de vida, experiencia tan posible y cotidiana como neurótica y algo bizarra.–Entre las ideas centrales de Hong está la defensa de cierto despojamiento, del “menos es más”, eso de escribir en un aparato pequeño o filmar lo más simple posible, es decir, no sólo reparar en el contenido sino en la forma con que se hacen las cosas.–Sí, no soy militante de ningún tipo de extensión. Me parece medio pelotudo. Disfruto mucho películas largas, como las de Béla Tarr, o la idea de leer En busca del tiempo perdido como si fuera un proyecto de vida más que un libro, pero al momento de escribir siempre me encuentro haciendo otra cosa. Una novela de ochocientas páginas me parece una catedral y prefiero construir quioscos. O chiringuitos. Casas ligeras que se puedan mover, desarmar, rehacer.–Tu personaje se cuestiona el tema de la publicación, de lo “democrático” del arte a partir de la irrupción de internet y las nuevas tecnologías, algo que se refleja en Hong Sang–soo para hablar de lo estético, lo ético y eso de vivir en el arte y no para el arte.–Creo que esa democratización es real y no quisiera ser el melancólico que lamenta la pérdida del aura, la desaparición de los grandes artistas. Pero que cualquiera pueda publicar es una cosa, otra distinta es pensar que publicar sea lo mismo que hacer una obra. Hong siguió filmando cuando el cine coreano se volvió una industria global y él se quedó del otro lado, haciendo películas chicas con sus amigos. Esa imagen es medio tramposa porque los festivales son otra industria, pero creo que se entiende. Era su modo hacer y no tenía por qué cambiarlo. La dimensión ética que mencionas tiene que ver con eso: no con la pureza ni con el ascetismo, sino con sostener una práctica cuando nadie te obliga. Con insistir. Con transformarlo en una forma de vida. La escritura, al final, no es una declaración romántica ni una línea en el currículum, es una cuestión de horario, de agenda, de calendario. A qué hora te sientas frente al computador, cuántas veces, cuánto rato.–Aparece también cierta defensa de lo pretencioso, algo que en general tiene muy mala prensa en el mundo de la crítica. ¿Qué te interesó sobre eso?–Lo pretencioso efectivamente tiene mala prensa y suena pésimo. Es peor que ser snob. Pero pretender, en un sentido estricto, es aspirar a algo que todavía no se tiene. Toda obra que valga la pena es pretenciosa, al menos en ese sentido: quiere ser más de lo que su autor sabe hacer. Es explorar a ver si la obra o el autor se convierten en otra cosa. Lo antipático es la pretensión que se disfraza de humildad, y la humildad que se disfraza de programa. Prefiero a alguien que diga “quiero hacer una obra maestra” y fracase rotundamente, antes que a alguien que diga “solo retrato mi barrio” y en el fondo está esperando el Nobel y una recepción con muchos aplausos en no sé en qué embajada.–Nombrás a César Aira y a otros artistas que hablan sobre procedimientos creativos. ¿Cómo ves hoy la relación entre las obras y sus públicos, la recepción y los espectadores?–Aira resolvió el problema por la vía de la fuga, de publicar mucho, publicar rápido, no corregir. Es una solución y es buena. Hay otras, también. Lo que me parece interesante hoy es la pregunta por cómo leer, o por cómo mirar. Cómo seguir siendo un lector o un espectador en el siglo XXI. El problema ya no es la oferta: es que la atención se convirtió en un músculo atrofiado. Si entras a una plataforma y no estás lo suficientemente concentrado es probable que termines viendo seis tráileres y media serie. Con los libros pasa algo parecido. Es un problema difícil y en el que pienso mucho –mientras veo tráileres– pero no tengo ni un atisbo de respuesta.–No le esquivás tampoco a pensar qué significa la improvisación, la repetición, las recurrencias. Como si Hong Sang–soo, como cineasta, fuera un modelo vivo sobre el cual poner en discusión el arte contemporáneo.–Lo que me atrae de Hong no es que sea ejemplar, así como la vida de un santo en una hagiografía, sino que pone sobre la mesa una serie de formas, de condiciones de producción e incluso de posibilidades. Filma casi la misma película hace veinte años y cada una es distinta. Eso, para un escritor, es incómodo: uno quisiera creer que cambia, que evoluciona, que cada libro es un salto. Hong susurra al oído lo contrario: que uno siempre escribe más o menos el mismo libro y que la tarea es aceptarlo sin resignarse. O con felicidad, incluso. La supervivencia del artista, si la palabra no es demasiado grande, pasa por ahí: por seguir haciendo lo que uno hace. Y por saber cómo hacerlo para seguir haciéndolo.Gonzalo Maier básicoNació en Talcahuano, Chile, en 1981.Es autor de Leyendo a Vila-Matas (2011), Material rodante (2015), El libro de los bolsillos (2016), Hay un mundo en otra parte (2018), Otra novelita rusa (2019), Leer y dormir (2021), Piña (2022), Cuando cumplí cuarenta (2024), Mal de altura (2024) y ¡Milagro! Un retrato de Violeta Quevedo (2025).Hong, de Gonzalo Maier (Eterna Cadencia).Juan Manuel MannarinoBio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLONovelaLiteraturaArte contemporáneoLibros
“La escritura es una cuestión de horario”: Gonzalo Maier habla sobre 'Hong'
Publicada por primera vez en Argentina, Hong propone una ficción breve atravesada por preguntas sobre literatura y arte. Gonzalo Maier construye una historia sobre creación, supervivencia y frustraciones creativas. En esta entrevista analiza además la escritura, la recepción de las obras y el lugar de los artistas hoy.










