Cuando se es novelista debe ser muy tentador crear una historia desde lo que le es más caro: escribir. Eso ocurre con este libro reciente del narrador y académico, embajador Jaime Marchán, que captura un núcleo poderoso, con un protagonista profesor de literatura y escritor, que investiga y redacta un ensayo sobre el emblemático poeta quiteño Francisco Tobar García.Con este material, la novela desarrolla varias líneas narrativas: un presente en el balneario Salango, donde el profesor se retira a escribir su ensayo –mientras sueña volver a una novela abandonada–, lo que le permite al autor una de las riquezas de su pluma: una buena cantidad de escenas marinas, con paisaje, ambiente y personajes que dan cuenta de una vida autóctona. La segunda línea brota de su testimonio de vida, desde la adolescencia descubridora de la literatura hasta su madurez de cátedra y creación literaria. En ambas, la figura del poeta Tobar resalta tanto en su inicial proximidad y admiración de lector hasta en su dedicación a la escritura de todo cuanto puede acopiar sobre el dramaturgo. La alternancia entre esos tres filones sostiene toda la novela. Marchán se da maña para que el ritmo de las historias se enriquezca con nuevos datos en cada una de sus vetas. Así, el solitario protagonista que escribe a base de un amplio archivo que ha llevado consigo recorre las playas y el pueblo de Salango y se interesa por un nativo que tiene un bar, por el dueño del hostal donde se hospeda, que es extranjero, y por una mujer que trabaja en el museo y con quien mantiene una relación amorosa. Del pasado personal emergen sus vínculos con una muchacha, su matrimonio, hijos y un fatal accidente, que lesiona psicológicamente al hijo mayor. Mucha atención recae en la experiencia docente en la Universidad Central de Quito.Las narraciones en primera persona crean un yo con identidad precisa al mismo tiempo que introducen un contexto que le es propio. Este Quiñónez peripatético, que recorre patios y pasillos mientras sus alumnos lo siguen, es el clásico profesor que se salta las reglas para innovar, que renueva sus cursos con obras de todo el mundo, pero –cosa extraña– que les cuenta los contenidos de las novelas. ¿Acaso, para introducir a sus escritores admirados, el autor infringe gravemente la docencia literaria al no exigir la lectura previa de las obras? Eso sí, resultan interesantes sus explicaciones sobre Moby Dick y El vagabundo de las estrellas, de Jack London, menos conocida pero significativa para la trama. Me he sentido muy tocada con la veta caudalosa que fluye en torno del “viejo vagabundo” –como se identificó en las columnas que escribió en Guayaquil–, el original ser humano que fue Paco Tobar (a quien tuve la suerte de visitar en la villa de la calle Circunvalación Norte, que se abría al estero Salado), recogido en su palabra, en una larga conversación que cierra la novela. Su prolífica dedicación al teatro, arte para el que escribió, actuó y dirigió; su alta poesía; las novelas, cuya crítica apunta hacia la “ciudad maldita”; su Quito natal se pueden conocer leyendo esta novela. Las ideas desafiantes, la voz atronadora, los versos luminosos, la esposa negra, todo nos hace convivir con ese bardo iconoclasta que me regaló preciosas horas, así como Jaime lo revive fielmente en sus páginas. (O)