Hay profesionales de la televisión que son taimados, acechantes, crueles; son tan listos que siempre consiguen salirse con la suya
Preocupados por la audiencia de un programa autonómico en el que trabajé hace años, desde Madrid, origen de la productora, enviaron un equipo a reflotarlo. No les parecía justificación que nos enfrentásemos a Sálvame y la entonces todopoderosa Amar en tiempos revueltos. Tampoco que por contrato tuviésemos que incluir contenidos de servicio público. No es que las campañas de vacunación del herpes zóster o el Centro de Interpretación del Urogallo no sean interesantes, pero cuando a un zapeo tienes a Paqui La Coles narrando su thriller erótico con Víctor Janeiro, cuesta interesarte por las bondades autonómicas.
Su primera medida fue apelar al “factor humano”. Buscaron la noticia más dramática, un joven desaparecido, y sentaron a su madre en el plató. “Acerca más la cámara”, azuzaban desde realización, y la cámara buceaba en las lágrimas de aquella mujer devastada que exigía información mientras la presentadora luchaba por conjugar su profesionalidad con la voz que a través del pinganillo exigía dolor. Como era periodista, de verdad, no solo de título, no quería hostigar, quería informar. Sacó adelante el programa y juró que no volvería a hacer aquello jamás. Y no lo hizo.






