El último heredero espiritual de ‘Sálvame’ termina este viernes. Lo malo es el hueco que deja, la mirada imprescindible de algunos temas, que no encontraremos en otras cadenas
Acaba hoy No somos nadie en Ten, y como todo último programa, habrá un montón de lágrimas y nervios, un recopilatorio de grandes momentos, quizá visitas inesperadas, videos de seguidores agradeciendo las risas, la compañía y lo vivido, abrazos de los presentes en el pisito e inquietud por lo que vendrá, saber a qué dedicarán el tiempo que se les queda libre e...
n la agenda. Y como lo de este viernes será distinto, hablemos de lo visto desde aquel día en el que arrancaron, tras el fracaso de La familia de la tele.
Lo malo no es el sentimiento de orfandad vespertina para algunos, el desempleo para otros, que también. Lo malo es el hueco que deja, la voz que deja de escucharse, la mirada imprescindible de algunos temas, que no encontraremos en otras cadenas, en otros horarios, en otros colaboradores. ¿Podremos vivir sin ello? Claro que sí, pero en mi caso un poco peor.
Porque dejaré de seguir aprendiendo otra forma de ver los contenidos del corazón, un tipo de periodismo que ya era conservador desde su nacimiento y que asiste a una vuelta a las cavernas, tan parecida a vuelta que pronostican las encuestas electorales. Habrá que irse a otros lugares donde se deje de cuestionar a las víctimas de violencia de género sexual, donde expertas nos corrijan el discurso, nos ensanchen aún más la cintura, se hable de consentimiento, se deje de decir que a las mujeres nos tienen que dar nuestro sitio, se pida perdón por haber llamado buscona a la que decidió ejercer su libertad sexual como quiso. Problemas del primer mundo, dirán. Pero qué problemas.






