Uno de los restaurantes que forman parte de los paraísos de mi niñez, allá por los años setenta, cuando vivía en el barcelonés barrio de Les Corts, era Casa Jacinto, establecimiento de manteles blancos y cubertería rústica, respetado por su carta de cocina tradicional, alejada de los afrancesamientos y de cualquier atisbo de modernidad. En el siglo XXI, Casa Jacinto ya no existe, pero de existir, seria conocido como un restaurante fiel a la cocina de mercado como ejemplo de cocina con arraigo.En esos años, era habitual que los restaurantes fueran bautizados con nombres relacionados con el propietario, la propietaria o el entorno. Si un restaurante se llamaba Casa Jacinto, se suponía que en la familia había un Jacinto al que homenajear, y así surgieron los Casa Pepe o un bar de barrio, muy de barrio cerca de mi escuela, llamado La Maña, cuya propietaria era más aragonesa que la Dolores. Otros restauradores, como Antonio Ferré, quiso bautizar a su restaurante con el nombre de La Odisea, demostración del amor de su propietario por una cocina que invitaba a viajes homéricos.Eran otros tiempos, y la globalización, casi una distopía.En la actualidad, los nombres de los restaurantes los deciden los expertos en mercadotecnia. Por lo menos, es lo que parece. Y los únicos bares o establecimientos que han mantenido un sustantivo con arraigo son aquellos que ha comprado la comunidad china a tocateja. Quizás sea una exageración, pero los propietarios originarios del país de Xi Jinping suelen mantener el nombre del bar, aunque la oferta cambie sustancialmente. Cuántas veces vemos en el rótulo el añadido “cocina tradicional catalana”, y la carta la lideran los rollitos primavera o el arroz tres delicias.Y con tanta mercadotecnia y estudio de mercado, es altamente curioso comprobar como hay una moda ya instalada a la hora de bautizar los locales de nuevo cuño. Desaparecidos los Pepe o lo Jacinto, los nuevos propietarios se inclinan por el minimalismo, los juegos conceptuales o una autenticidad a la hora de decidir el nombre de su local, con el fin de hacerlo estimulantemente para un público que ha hecho de la multiculturalidad un signo de modernidad que, muchas veces, es tan superficial como la globalización mal digerida. Los nuevos propietarios apuestan por nombres que pueda pronunciar un expat o una persona con ínfulas de cosmopolitismo, y cuya sonoridad sea loa más atractiva y vendible posible. Se busca más lo sensorial, que lo estrictamente relacionado con la memoria sentimental.Entrada del restaurante Manda Huevos CedidaUnos, como es el caso de Maleducat, Manda huevos, Malparit, buscan la provocación. Otros, se decantan por juegos de palabras del tipo Paco Meralgo, Beer para Creer, La Tapilla Sixtina. Y los de más allá, apuestan por el minimalismo, por el menos es más, como si su establecimiento fuera un homenaje conceptualmente comestible dedicado a Mies Van de Rohe.También existen nombres experienciales, como A Fuego lento, descriptivo, seguramente, de la filosofía gastronómica del local, o neologismos muy del agrado de esta sociedad que prefiere decir networking, feedback o outsourcing antes que retroalimentación u opinión sobre un trabajo, red de contactos profesionales o subcontratación o externalización de servicios, respectivamente.Lee tambiénSi en algo destacó la Movida madrileña fue en el nombre de muchos grupos cuya música era un esperpento. Uno que me viene a la memoria es el de Tarzán y su puta madre buscan piso en Alcobendas. Con los establecimientos gastronómicos podría estar sucediendo lo mismo. Mucha mercadotecnia, nombres muy originales, pero en ocasiones, veo muertos, como mi sexto sentido, y se olvidan de que la cocina es lo más importante. Se busca el impacto inmediato, un fenómeno congruente con el signo de los tiempos actuales.Una vez, mientras miraba el horizonte desde mi casa, con la montaña de Montserrat al fondo y la bruma circundando a la Moreneta, conjeturé un negocio en el que maridaba el pollo con la obra de Charles Dickens, y pensé en Charles Chikens como nombre de reclamo. Una paja mental que, por suerte, quedó como una gilipollez más de un tipo en el ocaso de su imaginación. Si alguien lo quiere, es suyo.
Pepe ya no es un nombre de bar, por Daniel Vázquez Sallés
Uno de los restaurantes que forman parte de los paraísos de mi niñez, allá por los años setenta, cuando vivía en el barcelonés barrio de Les Corts, era Casa Jacinto, establecimiento de manteles blancos y cubertería rústica, respetado por su carta de cocina tradicional, alejada...









