El pacto presupuestario firmado por Salvador Illa culmina la gran rectificación y la nueva normalidad democrática de Cataluña
En tiempos, Cataluña pareció constituirse como un “oasis”. Frente a las texturas monolíticas de la meseta ideológica. Y ante los abismos entre los grandes partidos españoles, socialista y conservador. Le tocó ese papel, —sobre todo, pero no solo—, en la era felipista, al nacionalismo periférico políticamente moderado en cuanto a políticas concretas, de Convergència i Unió. Y en otro modo, al PNV.
Es cierto que ese movimiento conservacionista y conservador —siempre incurso en el universo corrupto—, tuvo un sesgo a veces (discretamente) reaccionario, aunque siempre bajo la capa protectora de un hábil y en ocasiones sincero paternalismo social. Pero sobre todo en el ámbito interno, desecho que la nostalgia jamás recuerda: se erigió como baremo inquisitorial de la legitimad, calidad, y bondad de la condición de catalán. De la que discrepantes y socialmente novatos quedaban automáticamente segregados. Oficial, si bien no formalmente, coexistían en una, dos naciones distintas.
Con el tiempo, las crisis económicas que afectaron también a las clases medias en que se asentaba, y la menguante calidad de su gestión económica, ese movimiento nacionalista cambió de naturaleza, mediante el procés secesionista, inverso al programa catalanista histórico de corresponsabilidad en la política española: de partido institucional cómplice en la refundación constitucional, se fugó al aventurerismo.













