Al cumplirse un año de la llegada de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat y de la tocata y fuga de Carles Puigdemont (la inefable ocurrencia de regresar para salir corriendo), los balances políticos y mediáticos han puesto el énfasis en el tiempo de contención que vive Cataluña. Ya es un tópico que Illa era el hombre tranquilo que conjugaba con la necesidad colectiva de una cierta pausa después de que los turbulentos episodios del procés entraran en la vía judicial.
El país pedía calma después de la tensión y Salvador Illa se ofrecía con un perfil ideológico nada agresivo, situando el énfasis en la política de las cosas, que se impuso con cierta naturalidad. Había llegado la hora del baño de realidad. Se había puesto de manifiesto que el independentismo no alcanzaba para cumplir la promesa y entraba en fase de frustración y desgaste, sin el aliento de una ciudadanía que necesitaba un respiro. De modo que la pausa resultó ser de interés común y que Illa asumió con cierta naturalidad y escasa agresividad la apertura de una etapa de descompresión.
Después del ruido, un cierto retorno a la continuidad tranquila. Estamos por tanto en la primera fase de un paréntesis. Y como es sabido los paréntesis se cierran. Lo cual hace previsible que poco a poco vayan apareciendo nuevos espacios de controversia que fuercen una cierta dinamización después de la pausa. Y es en este punto que todas las partes se deberían sentir interpeladas. Ahora mismo, Salvador Illa opera sin sobresaltos en una dinámica que vuelve a la naturalidad del eje derecha/izquierda dejando en segundo plano la dialéctica de las patrias. Y Esquerra Republicana, con la autoridad moral de Oriol Junqueras, opera en este escenario favoreciendo cierta estabilidad como propia del momento.






