La normalidad social se ha instalado, sólida, en Cataluña. Titánico, e impensable no hace tanto. Aunque queda un fleco relevante para la completa normalidad política: culminar la aplicación de la amnistía. Tras el abrupto fin del procés, la independencia volvió al territorio del deseo, dejó de ser caja de herramientas: no impele actuaciones, aunque acaricie sueños....

Rebasado un año del socialista Salvador Illa como presidente en la Generalitat, ha ocurrido más. Lo más notable de su Govern estriba en que, con apoyo externo de Esquerra y Comuns, ha entrado en todos los zarzales. Ha planificado. Y en bastantes de ellos ha concretado objetivos y periodificado plazos. Y ha empezado a encauzar dos espinosos asuntos, capitales a largo plazo: la financiación de la autonomía y la ampliación del aeropuerto de El Prat. Reinicio relevante. Llevaban años pudriéndose, bloqueados por incompetencia, empeño estratégico distraído de la realidad, o ausencia de sintonía con el Gobierno central. Tardarán tiempo en madurar y lucir.

Pero Illa, su equipo y sus aliados se juegan su reválida en otros asuntos quizá menos glamurosos pero capitales para la vida cotidiana de los ciudadanos: sanidad, Rodalies ferroviarias, formación profesional, vivienda, agua… Acarrean déficits antiguos. Rozan a veces el colapso, o se enroscan al caos. La mayor expectativa de soluciones multiplica las exigencias a las políticas públicas; su lenta cobertura, frustración. Generan y contagian hondo malestar. Son humus para el populismo ultra.