En octubre de 2017, con media España conteniendo el aliento por la fugaz declaración de independencia en el Parlament de Cataluña, el 55% de los catalanes situaban el conflicto territorial en la cima de los problemas a los que se enfrentaban. Y eso que todavía estaba por llegar el encarcelamiento de buena parte de los miembros del Govern de Carles Puigdemont y la salida de España de los que quisieron esquivar la cárcel. Ello por no recordar que la Generalitat se dirigía a una intervención total por parte del Gobierno que acabó en unas elecciones anticipadas. Menos de ocho años después, el conflicto Cataluña-España ya no es el primer problema de los catalanes, sino el séptimo, según el Centro de Estudios de Opinión, el equivalente al CIS en Cataluña. Otros problemas más acuciantes del día a día y para el bolsillo, como el drama de la vivienda o la inmigración encabezan el ranking de preocupaciones, y sitúan a Cataluña en línea con las inquietudes que asolan al conjunto de Europa. A ello se refería este jueves Salvador Illa, cuando, nada más conocer la sentencia del Tribunal Constitucional que avala la ley de amnistía, proclamaba: “Hoy las cosas van mejor en Cataluña”.
Este “ir mejor”, al menos en el terreno político, se observa nada más bajarse de un AVE en la estación de Sants. A quien no haya pisado Barcelona el último lustro le sorprenderá la práctica ausencia de banderas en el espacio público, ni independentistas ni españolas. Y que las manifestaciones pro y anti secesión que llegaron a formar parte del paisaje diario han quedado relegadas a días simbólicos como el 11 de septiembre o el 12 de octubre. Pese a los muchos problemas que quedan por resolver se respira mejor dentro del decorado catalán. Y no son pocos quienes, con cierta socarronería, se jactan de que el procés, con su griterío, su división y sus dosis de surrealismo “se ha trasladado a Madrid”.






