Salvador Illa ha salido a correr casi cada mañana en este primer año como presidente de la Generalitat y ha divulgado sus marcas personales. Su política también ha estado marcada por carreras de fondo, pero a sabiendas de que necesitaba marcar el ritmo desde el primer momento. La razón es que la difícil estabilidad de su Gobierno, del que hoy se cumple un año, no solo se juega en el Parlament, sino que la consolidación de su mandato pasa también por la aprobación en Madrid de algunos acuerdos de investidura firmados con los nacionalistas de ERC y de Junts.

Con el objetivo último de afianzar Cataluña como principal bastión socialista en un mapa autonómico claramente dominado por el PP y la sombra de Vox, el líder del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) ha jugado en las dos velocidades en sus primeras iniciativas. Primero ha desencallado con el Ministerio de Transportes el acuerdo para el traspaso de Rodalies, los trenes de corta distancia de Renfe degradados durante lustros a causa de la falta de inversiones. También ha desbloqueado la ampliación del aeropuerto de Barcelona-Josep Tarradellas, empantanada durante la etapa gobernada por ERC, como le reclamaban las principales instituciones económicas y empresariales de Cataluña. El acuerdo con Aena para prolongar una de sus pistas remenda la amenaza de congestión de El Prat.