Transcurrido un año exacto desde su llegada a la presidencia de la Generalitat, salta a la vista que Salvador Illa ha liderado una revolución en Cataluña. Básicamente, esta consiste en tres cosas: primero, en respetar la ley; segundo, en hablar con todo el mundo; y, tercero, en intentar, con mejor o peor fortuna, mejorar la vida de la gente. Pero, Dios santo, dirán ustedes, ¿qué clase de revolución es esa? Pues una revolución en toda regla, al menos en Cataluña, donde durante casi una década los políticos en el poder despreciaron por sistema las leyes, obraron como si más de la mitad de los catalanes no existiéramos y se dedicaron a financiar con dinero público una juerga colectiva que por fortuna solo acabó mal, porque hubiera podido acabar catastróficamente. Dicho esto, no extrañará que algunos, en la izquierda, piensen que Illa está gobernando razonablemente bien porque hace lo contrario que Pedro Sánchez, quien al empezar esta legislatura levantó un muro frente a sus adversarios (mientras que Illa derribó el que sus adversarios habían construido frente a él); tampoco extrañará que haya socialistas que piensen que, cuando llegue el postsanchismo y muchos sanchistas acérrimos de hoy juren y perjuren que siempre fueron acérrimos antisanchistas, Illa podría ser un candidato verosímil a devolver la socialdemocracia populista del PSOE actual a la socialdemocracia a secas del PSOE histórico. No seré yo quien diga lo contrario; tampoco quien niegue los beneficios que, tras casi 50 años de democracia, podría depararnos a todos los españoles la presencia de un catalán en La Moncloa.
Salvador Illa y la revolución pendiente
Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa, pero con el otro debe atisbar el horizonte. Yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal






