El uso prolongado de pantallas, redes sociales y videojuegos ha desplazado, sobre todo en menores de edad, las horas de descanso.Foto: PexelsResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Durante años se creyó que la obesidad aparecía únicamente porque las personas consumían más calorías de las que lograban gastar diariamente. Aunque esta explicación continúa teniendo una base fisiológica importante, hoy resulta insuficiente para comprender un problema mucho más complejo. Actualmente se sabe que el peso corporal también depende de procesos hormonales, neurológicos, inflamatorios y conductuales que interactúan constantemente entre sí. Dentro de esos factores, el sueño ha comenzado a ocupar un papel cada vez más relevante. Dormir poco no solamente produce cansancio o disminución del rendimiento durante el día; también genera alteraciones metabólicas capaces de favorecer el aumento progresivo de grasa corporal. A pesar de ello, todavía existe la percepción de que descansar menos horas es compatible con un estilo de vida saludable o incluso productivo.(Lea Entrevista con una neurocientífica que estudia lo que la adicción le hace al cerebro)En consulta clínica esto puede observarse con bastante frecuencia. Algunas personas refieren haber disminuido bebidas azucaradas, controlar porciones o aumentar la actividad física, pero aun así continúan presentando dificultades para perder peso. Cuando se analiza con mayor detalle la rutina diaria, suelen encontrarse patrones repetitivos de privación de sueño: acostarse muy tarde, despertares frecuentes o dormir menos de cinco o seis horas por noche. En muchos casos, el descanso termina convirtiéndose en una variable metabólica mucho más importante de lo que inicialmente se pensaba. Uno de los mecanismos más estudiados corresponde a los cambios hormonales producidos por la falta de sueño. Diferentes investigaciones han demostrado alteraciones en la leptina y la ghrelina, hormonas directamente relacionadas con el apetito. La leptina participa enviando señales de saciedad al cerebro, mientras que la ghrelina estimula el hambre y favorece el deseo de comer. Cuando una persona duerme poco, la leptina disminuye y la ghrelina aumenta. Como consecuencia, aparece un incremento del apetito acompañado de una preferencia marcada por alimentos ricos en azúcar, grasas y productos ultraprocesados. Esto ayuda a explicar por qué muchas personas con privación de sueño tienden a consumir más comida durante la noche o presentan mayor dificultad para controlar antojos.No se trata únicamente de hambre. La restricción del sueño también afecta regiones cerebrales relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones. Algunos estudios de neuroimagen funcional han mostrado modificaciones en áreas prefrontales encargadas de regular la conducta alimentaria. El resultado suele ser una mayor tendencia a seleccionar productos hipercalóricos y una disminución de la capacidad para mantener decisiones alimentarias saludables. En otras palabras, el agotamiento cerebral también modifica la manera en que las personas comen. En 2023 la revista Universitas Médica publicó el artículo “Asociación entre calidad y cantidad de sueño con índice de masa corporal en adultos”, donde se encontró una relación entre alteraciones del sueño y mayor susceptibilidad al exceso de peso. Los autores observaron que las personas con peor calidad de descanso presentaban índices de masa corporal más elevados y más alteraciones metabólicas asociadas. Este tipo de hallazgos ha fortalecido la idea de que el sueño no debe verse únicamente como un hábito secundario, sino como una variable fisiológica importante dentro del manejo nutricional moderno.El problema adquiere todavía mayor importancia en población pediátrica y adolescente. El uso prolongado de pantallas, redes sociales y videojuegos ha desplazado progresivamente las horas de descanso en menores de edad. A esto se suman horarios escolares exigentes y rutinas familiares poco organizadas. Durante la infancia y adolescencia el sueño participa activamente en procesos hormonales, crecimiento neuromuscular y regulación energética. Cuando existe privación crónica de sueño desde edades tempranas, aumenta el riesgo de desarrollar obesidad y otras alteraciones metabólicas a futuro. Después de la pandemia por COVID-19, distintos grupos de investigación comenzaron a estudiar con mayor profundidad la relación entre alteraciones del sueño y obesidad. El confinamiento modificó horarios, aumentó el sedentarismo y deterioró hábitos de descanso en millones de personas alrededor del mundo. Actualmente existe evidencia relativamente consistente que asocia dormir menos de seis horas de manera habitual con un mayor riesgo de incremento ponderal, especialmente cuando coexisten estrés crónico, ansiedad y baja actividad física.Se ha normalizado trasnochar, reducir horas de descanso y mantener jornadas laborales extensas como si fueran sinónimo de productividad. Sin embargo el cuerpo suele manifestar las consecuencias de forma progresiva: cansancio persistente, ansiedad, alteraciones metabólicas y aumento de peso. Dormir bien ya no debería considerarse una recomendación secundaria. La evidencia científica disponible sugiere que el descanso adecuado constituye una parte esencial del abordaje nutricional y metabólico actual, aunque muchas veces continúe siendo subestimado.*Nutricionista Clínico Pediátrico - Columnista invitado 👩‍⚕️📄¿Quieres conocer las últimas noticias sobre salud? Te invitamos a verlas en El Espectador.⚕️🩺 Conoce másTemas recomendados: