Cada vez es más habitual ver a niños absortos frente a una pantalla. Dibujos animados, juegos infantiles o incluso la cámara del propio móvil bastan para mantener su atención atrapada durante minutos. Un fenómeno sobre el que alertan tanto la Societat Catalana de Pediatria como la Asociación Española de Pediatría (AEP): el uso del móvil durante las comidas o antes de dormir impacta en el comportamiento, el sueño y la capacidad de autorregulación de los niños.De hecho, ya ha surgido el término “chupete digital” para referirse a esta dependencia temprana a las pantallas. Y la situación empieza a ir más allá del mero entretenimiento. Si no hay dibujos animados delante, algunos niños simplemente no comen. Otros ni siquiera consiguen ir al baño. “Hay muchos trastornos de la alimentación, estreñimientos u casos de obesidad precoz que tienen cierto vínculo con este tipo de comportamientos”, explica Pepe Serrano Marchuet, pediatra jubilado en atención primaria y miembro de la Societat Catalana de Pediatria.Las causas de esta dependencia son diversas. Roger Ballescà i Ruiz, psicoterapeuta infantil y coordinador del Área de Salud Mental Infantil y Juvenil de la Fundació Hospitalàries Martorell, afirma que “el móvil calma, distrae, entretiene y evita conflictos de forma inmediata, y eso hace que sea muy fácil incorporarlo a rutinas como las comidas, el coche o el baño”.Además, los dispositivos digitales ayudan a cubrir la “necesidad de estimulación constante” y a aliviar “dificultades para tolerar el aburrimiento o el malestar”. Ballescà, que también es coordinador del Comitè d'Infància i Adolescència del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya, matiza que algunas de estas conductas pueden ser normales en determinadas etapas de la infancia. El problema aparece cuando la dinámica se instala demasiado pronto y se repite a diario. “El niño puede acabar asociando ciertos momentos cotidianos (comer, esperar, relajarse o ir al baño) con la necesidad de una estimulación constante”, comenta.El uso de pantallas se ha acentuado en los últimos años FreepikEl papel de los padresAmbos especialistas coinciden en la importancia del entorno familiar. “Más que pensar únicamente en un niño que ‘no sabe gestionarse’, conviene entender que detrás también suele haber un entorno adulto que, muchas veces sin quererlo, ha delegado en la pantalla funciones de regulación emocional”, expresa Ballescà. “La capacidad de autorregularse no aparece de forma espontánea, sino que se aprende progresivamente gracias a la regulación externa que ejercen los adultos”, añade.El psicólogo lo compara con algo muy gráfico: Jamás dejaríamos a un niño con una bolsa de golosinas pretendiendo que se autolimite y no se las coma todas porque no tienen esa capacidad de autocontrol. “Con las pantallas ocurre algo similar: están diseñadas para captar la atención de forma intensa y continua, y un cerebro infantil tiene muchas dificultades para autolimitarse frente a ellas sin acompañamiento adulto”, relata.La capacidad de autorregularse no aparece de forma espontánea, sino que se aprende progresivamente gracias a la regulación externaRoger BallescàPsicoterapeuta infantilPepe Serrano coincide, destacando que muchos padres no son plenamente conscientes de hasta qué punto se han apoyado en la tecnología. “Quizá alguna familia sí establece este vínculo, pero quizá por culpabilidad, no lo explican claramente en consulta pediátrica. Hasta que no les insistes un poco no puedes sacar a la luz lo que pasa”, cuenta.Por todo esto, Roger Ballescà afirma que los padres juegan un papel crucial en la relación de los niños con las pantallas. Aunque los dispositivos les permiten bajar los nervios de manera inmediata y ayudan a evitar rabietas, acelerar rutinas o reducir conflictos, hay que ser consciente de sus peligros: “Aquello que funciona rápido también puede consolidarse con rapidez como hábito, especialmente en la infancia. Cuanto más se utiliza en esos contextos, más difícil resulta retirarlo después”. Eso sí, insiste en que la mayoría de familias no actúan desde la negligencia, sino intentando sobrevivir a un día a día complicado.Lee tambiénConsecuencias físicas y emocionalesMás allá de la incapacidad para comer o ir al baño sin una pantalla delante, el abuso de dispositivos puede tener múltiples efectos sobre el desarrollo infantil. “Cuando están con el móvil, no están haciendo otra cosa que podría ser mucho más provechosa, como jugar o leer”, dice Pepe Serrano. A largo plazo, esto puede favorecer hábitos poco saludables, según el especialista.También existen consecuencias físicas directas. “Puede favorecer la obesidad y problemas de tipo digestivo”, afirma el pediatra. Por ejemplo, si está más rato del que le toca en el baño porque está mirando el móvil, puede “aumentar la presión de la zona anal, con lo que eso supone, y puede acabar con estreñimiento porque está inhibiendo el proceso habitual de defecación y no se está concentrando en esa tarea”, manifiesta.Existen consecuencias emocionales y físicas por el uso excesivo del móvil FreepikA ello se suma un factor higiénico. Mantener la tapa del inodoro mucho rato abierta provoca la circulación de bacterias que pueden impregnar el móvil. “Luego, el niño toca el aparato y se pone las manos en la boca o lame cualquier cosa, lo que puede sobreinfectar”, avisa Serrano. Incluso el hecho de estar distraído puede hacer que el menor no se limpie correctamente.En las comidas, el impacto es todavía más complejo. “El hecho de alimentarse es algo que se ha de aprender. Si el niño está pendiente de otra cosa, no está haciendo este aprendizaje”, cuenta el pediatra. La distracción dificulta además que el menor identifique las señales naturales de hambre y saciedad, un proceso fundamental para prevenir la obesidad precoz. Serrano añade otro elemento de preocupación: la publicidad. “Si ve productos alimenticios que le llaman la atención, los comerá antes que el que tiene en la mesa para comer, que posiblemente sea más saludable”, comenta.Estar en el baño mucho rato puede aumentar la presión de la zona anal, con lo que eso supone, y puede acabar con estreñimientoPepe SerranoPediatra jubiladoDesconexión emocionalRoger Ballescà también detecta consecuencias en el plano emocional y relacional. “Una de las oportunidades que pierde ese niño es la de poder hablar, compartir o apoyar a su familia. El hecho de estar con pantallas bloquea esta transferencia de padres a hijos”, expresa. Incluso la relación consigo mismo puede verse alterada: “El silencio, la espera o el simple hecho de estar consigo mismo pueden vivirse como algo incómodo si no hay una pantalla de por medio”.Según el psicólogo, esta dependencia tecnológica dificulta el desarrollo de recursos internos de autorregulación. “Aprender a esperar, aburrirse, comer prestando atención al cuerpo o tolerar pequeñas frustraciones forma parte del desarrollo emocional saludable. Si cada momento incómodo se resuelve automáticamente con una pantalla, el niño puede desarrollar menos tolerancia a la frustración, más impulsividad y más dificultad para sostener la atención en actividades no estimulantes”, asegura.Todo ello termina afectando también a su autonomía. “Acciones básicas como comer, dormirse o entretenerse solos dejan de depender de habilidades propias y pasan a depender de un dispositivo”, señala, lo cual, a la larga, “puede traducirse en niños más dependientes de estímulos externos para sentirse tranquilos o entretenidos”.Cómo romper el “chupete digital”Para revertir esta dinámica, Pepe Serrano considera fundamental recuperar el diálogo con los hijos. “Los padres han de ser más empáticos con sus hijos y hablar más con ellos. Entender sus problemas, cómo es su día a día y quiénes son sus amigos, para ver cómo se mueve el entorno de ese niño”, apunta. También recomienda establecer normas claras sobre el uso de dispositivos: limitar horarios, definir espacios donde no se utilicen y adaptar las reglas a cada edad.Los expertos proponen medidas para romper con la dependencia tecnológicaFreepik“A un niño de 5 o 6 años no dejaremos que use el dispositivo más que un rato muy puntual, algún día durante la semana y bajo supervisión de un adulto”, ejemplifica el pediatra. En cambio, si es más mayor, se puede valorar ser más laxos, pero insiste en dejar claras las normas y mantenerse firme en ellas.Pero los límites no sirven si los adultos no predican con el ejemplo. “Si nosotros estamos todo el día enganchados al móvil o a la tablet, no le podemos pedir a nuestro hijo que no lo use porque lo primero que verá él es una contradicción”, afirma Serrano. Ballescà comparte esa visión: “Los niños observan continuamente cómo los mayores utilizan el móvil para desconectar, esperar o evitar el aburrimiento. Por tanto, no se trata solo de poner límites tecnológicos, sino también de revisar la relación que toda la familia tiene con las pantallas”.Si nosotros estamos todo el día enganchados al móvil o a la tablet, no le podemos pedir a nuestro hijo que no lo usePepe SerranoPediatra jubiladoEl psicólogo insiste además en que la retirada debe ser progresiva. “No suele funcionar quitar la pantalla de golpe sin acompañar emocionalmente el proceso. Cuando un adulto pone un límite, aparece frustración, y eso es completamente normal y esperable. El problema no es que el niño se frustre, sino cómo vamos a gestionar esa frustración”, desgrana. De hecho, cree que los padres y madres mantienen las pantallas porque no saben gestionar las protestas, rabietas, enfados o llantos posteriores.Por eso, “el objetivo no es solo retirar progresivamente las pantallas, sino ayudar al niño a atravesar el malestar que aparece cuando ya no están”, indica. Si no se hace así, el niño aprende que, si se frustra, el adulto le devolverá el móvil. “Se trata de ayudar a los niños a descubrir que pueden esperar, aburrirse, enfadarse o frustrarse sin necesitar una estimulación constante para escapar de esas emociones”, apunta. De esta manera, aunque un móvil puede calmar a un niño en un segundo, la clave es evitar que termine ocupando el lugar de aprendizajes esenciales que ningún algoritmo puede enseñar.