Hay algo fascinante en España más allá de la gastronomía, del clima o de esa capacidad nacional para convertir cualquier conversación sobre el tiempo en un debate constitucional. Lo verdaderamente fascinante es la velocidad con la que algunos ciudadanos detectan conspiraciones. Siempre que las conspiraciones beneficien a sus propios prejuicios.
Durante años nos han explicado que vivimos bajo una dictadura encubierta. Que la libertad de expresión agoniza. Que los medios están controlados. Que el Gobierno manipula jueces, fiscales, periodistas, empresarios, policías y probablemente también a los gatos del vecindario. Una maquinaria totalitaria tan sofisticada que, sin embargo, permite que cada mañana se publiquen decenas de artículos acusando al propio Gobierno de ser una dictadura.
Algunos son recibidos en platós como si fueran pensadores imprescindibles para comprender la actualidad política española cuando son burdos neonazis
Es una tiranía peculiar. Una de esas dictaduras tan incompetentes que dejan a sus opositores ocupar tertulias de máxima audiencia, abrir periódicos, dirigir emisoras de radio y encadenar horas de televisión explicando que ya no existe libertad para expresarse.
En horario de máxima audiencia uno puede escuchar a un futbolista afirmar que no hace falta usar protección solar. No en una sobremesa cualquiera ni en una conversación privada entre amigos. Delante de millones de espectadores. En otros programas se invita a personajes cuya principal aportación al debate público consiste en la intimidación, la amenaza o el matonismo televisado. Algunos son recibidos en platós como si fueran pensadores imprescindibles para comprender la actualidad política española cuando son burdos neonazis.














