En un contexto internacional de promoción de los fascismos a través de la manipulación informativa, el caso Zapatero irrumpe cargado de matices inquietantes. En la piscina a la que se ha tirado el juez en la terminología actual, no solo hay agua sino peces globo venenosos y bastante suciedad. Impresiona la vulneración de derechos a la que asistimos con esa exhibición obscena del contenido de una caja fuerte como si se tratara del botín –así ha sido calificado por cierta prensa– de un alunizaje cuando ni siquiera sabemos dónde y cómo vivía, por ejemplo, Rodrigo Rato, el vicepresidente de Aznar que, sentenciado por corrupción, cumplió condena de cárcel. Y es que la desigualdad de trato de Zapatero con otros presidentes y cargos es flagrante. Se explica por el odio cerval que le profesan. Una tremenda y triste paradoja porque se debe a decisiones que tomó, como presidente del gobierno, con valentía y gran espíritu social y democrático. Es evidente que por lucrarse con el tráfico de influencias, si es el caso, no sería dado que cualquiera de los más furibundos detractores de Zapatero le gana en eso a distancia.
Es importante, esencial, situarse en el momento que vivimos. Estos días estamos confirmando, con espanto, que la desinformación ha venido para quedarse como medio para derechizar al máximo las sociedades. El fascismo ha aprendido de sus fracasos anteriores –saldados con el horror de guerra, muerte y destrucción– y, “ayudado” por las nuevas técnicas de comunicación, avanza sin freno a su objetivo. Los indicios son evidentes y demoledores. El cauce perfecto eran los medios. Muchos ya prostituyen el periodismo, por presiones o por intereses propios, en aras de crear confusión y adoctrinar en la nueva era. Y no son especulaciones.














