Parece que dentro del operativo destinado a obstaculizar investigaciones, la interpretación de la realidad era la misma que entre los críticos del Gobierno

Los últimos años todos hemos estado muy preocupados por el asesinato de la realidad. Nos inquietaba la polarización (aunque vivíamos de ella) y lamentábamos la desaparición de la idea de verdad compartida. No se trataba de que la mentira tuviera mil caras y la verdad solo una: había muchas verdades, contundentes e incompatibles.

Señalábamos el peligro de acabar viviendo en dos mundos distintos, prácticamente incomunicados. La democracia exige un acuerdo sobre los hechos, un universo común, decíamos. Eso se repetía mucho, pero lo que importaba era el relato: todo el mundo escogía los datos más útiles para su causa, minimizaba los menos convenientes, mentía descaradamente. Un efecto de esa ruptura era que a veces veías en un medio algo que se parecía a un desmentido de una información que ese medio no había dado nunca (pero que había aparecido en algún periódico, radio o tele “del otro lado”).

Ya conocemos las patologías: televisiones públicas capturadas a nivel autonómico y estatal; ministros que critican a los pseudomedios y citan El Plural; héroes de la deontología periodística actuando de recaderos cutres; reiteración de bulos en el Congreso. Uno intenta desarrollar técnicas para no perderse entre trolas y simulacros: la desconfianza ante las noticias que encajan demasiado bien, la conciencia de que un desmentido oficial equivale a una confirmación, la intuición de que para saber lo que alguien hace lo mejor es ver aquello de lo que acusa al adversario.