En la Barcelona de 1918 irrumpió un personaje singular proveniente de los bajos fondos madrileños. Juan Ballesteros llegó buscando fama y dinero rápidos, algo que consiguió mediante el arte del engaño, protagonizando una de las estafas más mediáticas de la época.A principios del siglo pasado, esa era la aspiración vital de Juan Ballesteros Zamorano. Se trataba de uno de tantos jugadores de ventaja, que se ganaba la vida desplumando a incautos mediante artimañas con la baraja. Pero aquello solo daba para sobrevivir y ya había quemado sus últimos cartuchos en las calles de Madrid. Necesitaba un cambio, así que, en abril de 1918, abandonó a su familia y puso rumbo a Barcelona.Una vez allí, Ballesteros se presentó como un experto jugador, el cual disponía de un sistema matemático infalible que le permitía derrotar a los casinos, logrando notables ganancias. Dicho sistema era secreto y, por lo tanto, solo él podía llevarlo a efecto; lo único que necesitaba era socios que le facilitaran dinero para jugar. A cambio, él les recompensaría mensualmente con unos generosos intereses.Pronto, persuadió a otros socios y creó una agencia, con la que tejió una red de agentes que fueron reclutando a decenas de pequeños inversores. Estos confiaron en la imagen de aquel hombre educado, simpático y elegante. En poco tiempo, esta telaraña se extendió por la ciudad.Aquellos inicios fueron felices: los inversores recibían puntualmente sus intereses y Ballesteros se enriquecía rápidamente. Fue entonces cuando nuestro protagonista se hizo un nombre en la noche barcelonesa, de la que disfrutó enérgicamente. Su elegancia y caballerosidad le hicieron ser conocido como el Príncipe.Parecía el negocio perfecto, pero en realidad todo aquello no hacía sino alimentar la insaciable voracidad de una estafa piramidal.Todo se precipitó en septiembre, cuando los inversores recibieron una carta de Ballesteros comunicando el cese temporal del pago de intereses por haber sufrido pérdidas en el juego. Esto provocó la indignación y el pánico, el dinero se había esfumado. Un alud de denuncias llegó al Cuerpo de Vigilancia, que se hizo cargo de la investigación, convirtiendo a Ballesteros en su principal objetivo. Tras su detención en Madrid, fue trasladado a la Ciudad Condal, ingresando en prisión.Decenas de personas humildes arruinadasLa prensa informó del escándalo, algunos cálculos cifraban lo estafado en unos tres millones de pesetas y el número de afectados en cuatrocientos. A medida que los periódicos desgranaban la información del caso, se abrió un debate enconado. Unos veían en aquel Príncipe a un estafador sin escrúpulos que había arruinado a cientos de personas humildes. Otros le tenían por un sagaz hombre de negocios y criticaban a quienes quisieron enriquecerse rápidamente sin tener en cuenta los riesgos.En la cárcel, donde disfrutaba de todas las comodidades posibles, Ballesteros atendía a los reporteros, defendiendo su inocencia y acrecentando su extravagante biografía de dandi. Incluso, recibía cartas de admiradores y era acosado por letrados que competían por representarle. Poco después, tras pagar una fianza, fue puesto en libertad.Cuando se celebró el juicio, la expectación fue mayúscula. El fiscal señaló a Ballesteros como el cerebro de la trama y al resto como cómplices de esta. Finalmente, la noticia sacudió la ciudad: todos los procesados resultaron absueltos.Con el tiempo, Ballesteros volvió a tener problemas con la Justicia, pero poco importaba, había alcanzado su meta, ya formaba parte de la realeza del lumpen y nada menos que como un príncipe.
Juan Ballesteros, el príncipe de los timadores autor de la primera estafa piramidal patria del siglo XX
Una vez detenido el tahúr el Cuerpo de Vigilancia estimó en más de tres millones de pesetas de principios del s. XX lo estafado y en 400 los incautos socios afectados por sus artimañas














