Si cree leer en este periódico una noticia en la que el exfutbolista del FC Barcelona y de la selección española Carles Puyol explica cómo ganar 128.000 euros con un algoritmo financiero, está siendo víctima de un engaño. Ni es este periódico ni existe ese chollo financiero. Si le invitan a un chat de la aplicación Telegram o es añadido a un grupo de Whatsapp en el que el empresario Amancio Ortega o el presentador David Broncano le recomiendan en un video invertir, desconfíe. También es un fraude. Se trata de modernas versiones de una actividad delictiva, la de prometer altas rentabilidades y desaparecer con el dinero, que a lo largo del tiempo ha recibido distintos nombres: timo de la estampita, tocomocho, estafa piramidal y, más recientemente, chiringuito financiero. Hoy esta última modalidad crece sin freno gracias a la tecnología, pero también a la penetración cada vez mayor de lo digital en la vida de los ciudadanos.
Una cifra lo pone de manifiesto: en los últimos seis años se han multiplicado por ocho los casos detectados. “El aumento es exponencial. De 63 advertencias sobre posibles chiringuitos financieros en 2018 pasamos a 522 en 2024”, explica Regina Rodríguez Pomar, directora de Protección del Inversor en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), supervisor de los mercados financieros. La denominación de chiringuito financiero nace en los años 80, cuando esta picaresca se cocía en lujosas oficinas en los distritos financieros de las ciudades que de un día para otro desaparecían junto a los ahorros de los incautos. Después llegó la época de los call center fraudulentos en cualquier punto de la ciudad. Hoy Internet abarata esta actividad ilegal, amplía el espectro de víctimas a casi la totalidad de la población y complica su persecución. Y así, en una época donde todos creemos estar conectados e informados, se dispara el engaño más simple de todos y sobre el que ya alertaba el refranero español: ofrecer duros a pesetas.






