El número de adictos a la inversión se ha disparado en la última década. La falta de cultura financiera, las criptomonedas y los falsos gurús de las redes sociales son algunas de las causas

“Mi historia es la de un yonqui del dinero. Acudía al mercado como quien iba al parque a por heroína en los años ochenta. La recompensa que me daba la inversión era brutal, pura adrenalina. Una competición contra el resto del mundo, un juego de suma cero en el que lo que ganaba lo perdían otros”. Gerardo (nombre ficticio para preservar su intimidad) hizo su última operación en 2009, luego entró en terapia. Antes lo había perdido todo: su patrimonio y el de sus clientes (era agente de Bolsa), su trabajo, la familia y los amigos. Invertía con futuros, un arma igual de sofisticada que de peligrosa por el gran apalancamiento que permiten los productos derivados. Su jornada empezaba con la apertura de los mercados asiáticos y acababa en Wall Street. Todo un carrusel donde hacía hasta 300 movimientos al día. Comprar, vender; comprar, vender. Su mono era tal que, mientras se desplazaba en moto por Barcelona, llevaba el ordenador entre las piernas para no perderse nada. “Cualquier noticia era un buen pretexto para invertir. Era como echar monedas a una tragaperras”. Se dio cuenta de que estaba enganchado cuando se le acabó el dinero. “Un día me vi en un local de la Gran Vía dando mi coche como garantía para que me prestasen 600 euros con los que seguir invirtiendo”.