De cuantas lecciones haya aprendido Pedro Sánchez desde que puso un pie en la Moncloa, hay una que le quedará marcada a fuego para los restos: no confiar nunca en que ya pasó lo peor. Hace justo un año, cuando el escándalo de Santos Cerdán hizo temblar los cimientos del Gobierno y del PSOE, muy poca gente pensó que el presidente pudiera sobrevivir políticamente. Incluso él lo dudó. Y cuando se sobrepuso, nadie imaginó entonces que pudieran existir montañas más escarpadas que coronar. Pero la imputación esta semana de José Luis Rodríguez Zapatero volvió a validar la premisa principal de los pesimistas. Es decir, que todo, siempre, es susceptible de empeorar.
Referente destacado de un partido con 140 años de historia, faro de la izquierda y escudero principal del presidente del Gobierno, la caída en desgracia de Zapatero por, presuntamente, “liderar una estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias”, pone en jaque otra vez al PSOE. En las próximas dos semanas, Sánchez afrontará sin solución de continuidad la declaración ante el juez del expresidente, el juicio a su hermano, la sentencia a José Luis Ábalos y la investigación patrimonial de Santos Cerdán. Un tsunami en los tribunales que volverá a acorralar la acción política del Ejecutivo para dejarla a merced de los vaivenes judiciales.













