Durante décadas aceptamos una promesa casi religiosa: el trabajo nos iba a ordenar, dignificar y realizar. No sería apenas el medio para sostener la vida, sino el lugar donde la vida encontraría reconocimiento y sentido. Pero algo se torció. La práctica, que debía desplegar nuestras capacidades humanas, muchas veces terminó devorándolas. La agenda reemplazó al pensamiento. La eficiencia desplazó a la sabiduría. La ocupación se confundió con la vocación. Husserl habló del “mundo de la vida”: ese suelo previo de vínculos, lenguaje, afectos y sentido sobre el cual después se levantan las ciencias, las instituciones y los sistemas. Habermas retomó esa idea para advertir cómo las lógicas del dinero, del poder y de la administración podían colonizar ese mundo vital. Hoy habría que agregar otra fuerza: la técnica permanente. Todo debe ser útil, rápido, medible, escalable. Incluso el descanso se justifica como recuperación productiva. Incluso la conversación se transforma en networking. La pregunta dejó de ser “qué vida merece ser vivida” y pasó a ser “qué tarea conviene ejecutar ahora”.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.









