El primer cruce Para media Espa�a no es una virtud que te elogien Otegi, Iglesias o Rufi�n, pero en la Espa�a del muro era una virtud incontestableZapatero, en Venezuela, el pasado marzo.EFEActualizado Jueves,

mayo

00:08Audio generado con IADe Zapatero se pod�a decir que sus ideas eran delirantes e ingenuas, que su ret�rica era solemne y vac�a, que presum�a de di�logo y e impon�a cordones sanitarios. Se pod�a incluso creer que era un despiadado agente del mal. Pero hasta sus adversarios admitir�an que era un hombre sin codicia. Un tipo con delirios ideol�gicos, no econ�micos. Parec�a movido por otra clase de vanidad: la del personaje hist�rico. Quer�a salvar, mediar, pacificar, trascender, no enriquecerse. Alfonso Guerra le llam� �Bambi�, apodo que concentra esa mezcla de candor y blandura que proyectaba.Esta semana hemos asistido a la quiebra de esta creencia ampliamente compartida: que Zapatero pod�a ser banal, pero no venal. Verlo retratado en un informe policial como �n�cleo decisor�, acompa�ado de sintagmas tan poco inocentes como �estructura organizada� u �operativa financiera� ha tenido algo de revelaci�n. Pero el sobresalto no es tanto jur�dico como antropol�gico.El arco del personaje es extraordinario. Zapatero apareci� como un accidente de la historia: secretario general inesperado, candidato aparentemente condenado a la derrota y, sorpresivamente, presidente de una Espa�a optimista. Fue el pol�tico del talante, de la sonrisa fijada, del progresismo ingenuo y sentimental de los dos mil.Pese a sus logros en materia de derechos civiles, el personaje comenz� a resquebrajarse: ah� est�n su concepci�n sectaria de la memoria hist�rica y el fiasco del Estatut. Termin� de hundirse con una crisis econ�mica que primero neg� y despu�s descarg� sobre la sociedad en forma de violentos recortes. Termin� devorado por el 15M. Nadie nos habr�a hecho creer que aquellos que entonces acamparon contra �l lo aclamar�an como t�tem de las izquierdas diez a�os despu�s. Porque su salida fue trist�sima: orejas gachas, derrota hist�rica y silencio monacal mientras el PP gozaba su mayor�a absoluta.Entonces empez� la segunda vida del personaje: apariciones internacionales difusas -Venezuela, Bolivia, M�xico-, mediaciones opacas y relaciones ambiguas con reg�menes dudosos. Poco despu�s reapareci� como faro moral del sanchismo tard�o y costura ideol�gica del Frankenstein. Para media Espa�a no es una virtud que te elogien Otegi, Iglesias o Rufi�n, pero en la Espa�a del muro era una virtud incontestable.Es triste observar que su segunda vida pol�tica como mediador internacional y referente moral del sanchismo, por condenable que fuera, no estuviera movida por un idealismo ingenuo, sino por una codicia vulgar. Una codicia a�n m�s degradante por camuflarse bajo el h�bito de la virtud.