La teoría financiera y económica se basó durante muchos años en la hipótesis de eficiencia de mercados. Un análisis de regresión lineal y simple dice que es imposible predecir el futuro de los precios de las acciones en bolsa y, de ahí, la teoría deduce que el precio actual es el más eficiente y nadie puede batir al mercado. El avance de la revolución digital y de los datos permitió refutar esa hipótesis simplemente elevando al cuadrado los retornos de las bolsas y encontrando modelos de predicción estadísticamente significativos, aunque poco prácticos. La historia económica también refuta la hipótesis desde 1250, cuando las finanzas modernas se inventaron en Castilla. En un mundo lineal y con una distribución normal idílica, como la campana de Gauss, habría una crisis financiera cada 25 años. La realidad es que tenemos crisis financieras recurrentes cada cinco años de frecuencia media. La mayor parte del tiempo los medios hablan de las bolsas, pero lo relevante para el sistema financiero internacional son los bonos y el crédito bancario. Si calculáramos un balance de la economía mundial, el porcentaje del pasivo que cotiza en bolsa es ridículo; la mayor parte del capital está en pymes no cotizadas y, sumándolo, sigue siendo un porcentaje muy pequeño. La mayoría del pasivo mundial es deuda y la mayor parte, crédito bancario. No obstante, la parte de la deuda emitida con bonos en los mercados de capitales ha crecido exponencialmente, especialmente la deuda pública, que no ha parado de crecer desde 1980. Haciendo el pasivo de la economía española y centrándonos en la deuda, la situación es significativamente mejor que en 2007. En la crisis de 2008, España era uno de los países con más deuda externa del mundo y la financiaba en los mercados de bonos internacionales. Esa deuda era principalmente privada y la deuda pública española era muy baja. Ahora la posición es radicalmente la contraria. Nuestra deuda privada se ha reducido significativamente, por debajo de la de Alemania, y nuestra deuda pública ha crecido exponencialmente, casi el doble que la de Alemania. Nuestra deuda privada se ha reducido significativamente, por debajo de la de Alemania, y la pública ha crecido exponencialmente En 2007 nuestro sistema bancario era muy dependiente de los mercados de bonos para financiar la concesión de crédito y ahora es excedentario de depósitos y tiene cero dependencia de los mercados de capitales. Por lo tanto, la economía española ha reducido significativamente su vulnerabilidad financiera. Pase lo que pase en los mercados internacionales de capitales, la banca española puede seguir financiando las hipotecas y los créditos a pymes con depósitos de las familias españolas. El riesgo para la economía española viene ahora por la deuda pública. El Estado español vive a crédito desde 2008 y el déficit público estructural está próximo al 3% desde entonces. Eso explica que la deuda pública en los últimos casi veinte años se haya disparado hasta el 100% del PIB. Tener una deuda alta es un problema, pero el mayor problema es renovarla y financiar el déficit cada año. Por fortuna, el Tesoro español ha seguido una gestión prudente de la deuda y la duración media de la misma está próxima a 9 años y se ha financiado a tipos muy bajos, incluso negativos durante varios años. El indicador de vulnerabilidad de la deuda pública que usa Francisco Comín, historiador de la Universidad de Alcalá y el que ha estudiado más y mejor las crisis de deuda en España desde 1500, es el total de deuda que tiene que emitir el Estado dividido por sus ingresos anuales. En los últimos 500 años, España ha tenido que reestructurar su deuda 200 veces y el indicador de riesgo es cuando la ratio superó el 25%. En 2026, el indicador está próximo al 40% y el Estado necesita emitir cada año 300.000 millones en los mercados de capitales y la mayor parte de esa deuda la compran inversores internacionales. Las comunidades autónomas, que también tenían dependencia de los mercados financieros en 2007, ahora se financian principalmente con el sistema bancario y en muchas ocasiones a tipos por debajo de los del Tesoro, gracias a que la banca financia esos préstamos con depósitos de las familias. La pasada semana hubo una minicrisis en los mercados de bonos. Son crisis de baja intensidad que pasan inadvertidas para los medios generalistas y la sociedad. Una crisis de Gobierno en Reino Unido, un país con elevado déficit y deuda pública, hizo recordar la crisis que provocó la salida de Liz Truss del Gobierno en 2022. Las rentabilidades de los bonos a 10 años británicos superaron el 5%, su máximo nivel desde 2008. El contagio se expandió a los bonos europeos y americanos. La tensión duró poco y esta semana parece que vuelve la calma. Los inversores tienen un comportamiento muy animal y gregario y los que invierten en bonos se comportan parecido a las manadas de búfalos en las praderas. Son inversores pacientes y rumiantes a los que no les gusta la volatilidad y el riesgo. La mayoría son fondos de pensiones y fondos soberanos que quieren invertir en países con inflación y monedas estables y que devuelven sus deudas. Su objetivo es proteger el dinero de sus ahorradores de la inflación para conservar el poder adquisitivo cuando se jubilen. Opinión La política económica de Trump es inflacionista; primero con los aranceles, luego interviniendo la Reserva Federal para bajar los tipos de interés y depreciar el dólar y ahora con la guerra en el golfo Pérsico. Eso ha puesto a los inversores en alerta, igual que los búfalos, cuando el viento trae el olor de los depredadores en las praderas. Van haciendo movimientos tensos y cortos, pero un día se asustan de verdad, se ponen a correr descontroladamente y buscan otra zona tranquila en la que pastar. Cuando eso pasa, buscan países con bajo riesgo. EEUU tiene la mayor deuda pública desde 1945, un déficit público del 6% del PIB y Trump no para de gastar en guerras y eso les asusta. En Europa, el Reino Unido y Francia son países muy endeudados y el refugio volverá a ser Alemania, que tiene su deuda pública próxima al 60% del PIB. España está entre los países altamente endeudados, sigue teniendo déficit público y es estructural, concentrado en su sistema de pensiones, que necesita una contrarreforma para contener el crecimiento del gasto. Pero el Gobierno ha sido incapaz de aprobar unos presupuestos en toda la legislatura y sale más debilitado de las elecciones andaluzas, castellanas, aragonesas y extremeñas, donde ha tenido un profundo rechazo de la mayoría de los votantes. La alternativa es una coalición del PP con Vox que no permite ser optimista sobre su capacidad para reducir el déficit y la deuda. El Gobierno acaba de mandar su plan fiscal a Bruselas hasta 2029; esto es lo que miran los inversores en bonos, sin tenerlo aprobado en las Cortes y con el informe de la AIReF lleno de salvedades y advirtiendo que se va a incumplir la regla de gasto que exigen las reglas europeas, que el Consejo limita al 3,5% y que sistemáticamente llega al 6%. Esto incluye a las comunidades autónomas, a las que ningún ministro de Hacienda desde 2015 les ha exigido contención del gasto. La alternativa es una coalición del PP con Vox que no permite ser optimista sobre su capacidad para reducir el déficit y la deuda Es evidente que los mercados no son eficientes y en esta ocasión nos beneficia. Si los mercados fueran eficientes, la prima de riesgo española y de EEUU debería ser muy superior a la actual. Pero los mercados tienen capacidad de autoengaño, aunque son conscientes de los riesgos. Eso puede cambiar y siempre cambia brusca e inesperadamente, como los búfalos. La teoría financiera y económica se basó durante muchos años en la hipótesis de eficiencia de mercados. Un análisis de regresión lineal y simple dice que es imposible predecir el futuro de los precios de las acciones en bolsa y, de ahí, la teoría deduce que el precio actual es el más eficiente y nadie puede batir al mercado. El avance de la revolución digital y de los datos permitió refutar esa hipótesis simplemente elevando al cuadrado los retornos de las bolsas y encontrando modelos de predicción estadísticamente significativos, aunque poco prácticos.