De mis notasUna pequeña isla en medio de un desacuerdo grande.
Hay una pregunta que los análisis geopolíticos raramente hacen: ¿para qué sirve el poder si al final nos puede destruir a todos?
La planteo porque la semana pasada Trump regresó de China. Se reunió dos días con Xi Jinping en Pekín. Hubo protocolo, banderitas y los CEO de las empresas más grandes del mundo sentados a la misma mesa. Y, al final, Xi dijo algo que merece más atención de la que recibió: “Si el asunto de Taiwán no se maneja bien, habrá conflicto”. Vale la pena detenerse ahí.
Taiwán es una isla más pequeña que Guatemala. La mayoría no sabría ubicarla en un mapa. Y, sin embargo, en sus fábricas se produce más del 90% de los semiconductores más avanzados del mundo —chips sin los cuales no funciona un teléfono, un automóvil, ni casi cualquier sistema inteligente moderno—.
Pero Taiwán es más que tecnología. Es geografía. Quien controla esa isla controla el paso obligado de casi un tercio del comercio marítimo mundial —el petróleo que calienta hogares en Europa, los productos que llenan supermercados en América, las materias primas que mueven las fábricas de Asia—. Quien domina los mares domina el comercio, y quien domina el comercio domina el mundo. Taiwán es la llave de esa cerradura. Alrededor de ella se extiende una cadena de islas —Japón, Okinawa, Filipinas— donde Estados Unidos ha apostado bases militares durante 80 años para que nadie más pueda cerrarla. China lo ve como una jaula. Estados Unidos lo llama seguridad. Taiwán vive en el epicentro de ese desacuerdo.












