En la reciente cumbre de Pekín, Donald Trump se deshizo en elogios de Xi Jinping. Xi, por su parte, citó la trampa de Tucídides y mandó un aviso sobre Taiwán. La actitud de uno y de otro resulta reveladora. Desde su llegada al poder, Trump ha tratado de detener el ascenso de China, imponiendo aranceles y restringiendo la venta de semiconductores. Nada de eso ha funcionado. El presidente norteamericano parece haber llegado a la conclusión de que hay un límite a lo que Estados Unidos puede hacer para detener ese ascenso. Es consciente, además, de que necesita a Pekín para una serie de cuestiones fundamentales, como buscar una salida al lío en el que se ha metido en Irán o reducir su déficit comercial. La conclusión es que le conviene estabilizar la relación con China. Xi coincide con ese objetivo, pero a partir de premisas muy diferentes. En Pekín, Xi habló de cambios que no se han visto en un siglo, recordando así a Trump que la aparición de China como una gran potencia ha alterado los equilibrios de poder globales. La referencia a la trampa de Tucídides le permite recordar que los esfuerzos norteamericanos para impedir el ascenso de China -además de poco eficaces- pueden provocar choques peligrosos entre ambos países. Por eso conviene gestionar la relación de forma razonable y evitar situaciones que la desestabilicen. Ahora bien, Xi desea que esa estabilidad se desarrolle en sus propios términos. Ese es el sentido de la mención a Taiwán. Destacó que si hay un asunto que debe manejarse bien es ese, porque de lo contrario puede conducir a un conflicto. China repite todos los días que su objetivo es la reunificación con la isla, deseablemente de forma pacífica pero sin excluir otras opciones. Xi cree que Estados Unidos debe tomar nota de ello "y manejarlo bien", evitando enfrentarse frontalmente a China sobre esta cuestión. La política de Estados Unidos en relación a Taiwán desde el viaje de Nixon a Pekín en 1972 consiste en no apoyar la independencia de Taiwán —que de facto se comporta como un Estado independiente, pero que no tiene un Acuerdo de Defensa con Washington— al tiempo que se opone a modificar por la fuerza el estatus de la isla. Esta política se denomina de ambigüedad estratégica. Su objetivo es disuadir a Taiwán de que declare unilateralmente su independencia, y disuadir a China de utilizar la fuerza para conseguir la reunificación Algunas informaciones sugieren que los chinos estarían presionando a los norteamericanos para que pasen de la fórmula tradicional de que "no apoyan" la independencia de la isla a decir que "se oponen" a la misma. O incluso que "no se oponen" a una reunificación pacífica. En el marco de esa política de ambigüedad estratégica, cualquier pequeño cambio de lenguaje sería analizado al milímetro e interpretado como una posible evolución en la posición de EEUU. Los chinos naturalmente nada han dicho sobre esto en la cumbre, y EEUU ha reiterado allí su posición tradicional sobre Taiwán. También se ha señalado que China estaría tratando de que Washington no ejecute en su totalidad el acuerdo de venta de armas a Taiwán suscrito el pasado diciembre por un valor de 11.000 millones de dólares. Y que no avance el proyecto de un nuevo contrato de 14.000 millones, sobre el que Trump aún no se ha pronunciado. Cualquier cambio en relación a estos contratos sería igualmente interpretado como una señal norteamericana sobre su política hacia la isla. Los dirigentes chinos están convencidos de que la guerra de Irán fortalece su posición sobre Taiwán y debilita la de EEUU. Piensan que, después de atacar Venezuela e Irán, Estados Unidos no estaría en posición de reprocharles nada si ellos invadieran Taiwán, a la que consideran además parte de su territorio. Ahora bien, China repite que su intención no es invadir Taiwán. A cambio de eso, espera que EEUU no intente bloquear una reunificación pacífica con la isla. En caso contrario, mantendría todas sus opciones abiertas. Su proceso de rearme está enfocado a alcanzar una posición de superioridad en el teatro de operaciones en torno a Taiwán. Para ello ha fortalecido enormemente sus unidades navales, aéreas, de guerra electrónica, el uso de la inteligencia artificial y su fuerza de misiles. Algunos de éstos han sido disparados durante unas maniobras por encima de la isla, para dejar claro que su objetivo serían los grupos de combate formados por portaaviones norteamericanos y sus navíos de escolta que pudieran ser enviados a socorrerla. Este programa de rearme, que incluye las fuerzas nucleares, tiene como objetivo plantear a Estados Unidos un dilema difícil de resolver. Aceptar una guerra con China sobre Taiwán, consciente de que podría perderla, o escalar el conflicto al plano nuclear, en el que arriesgaría la supervivencia de San Francisco o de Nueva York para defender a la isla. Un dilema doblemente difícil porque, si China lograra la reunificación por la fuerza, EEUU perdería la posición de superioridad estratégica en Asia-Pacífico que ha detentado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, apoyado en su cadena de bases militares en Hawái, Guam, Filipinas, Japón o Corea del Sur. Asia-Pacífico además es actualmente el centro de gravedad económico y político del planeta, donde se concentra la mitad de la población mundial y dos tercios de la economía global. En el siglo XX estuvo en el Atlántico, pero eso ya ha pasado. China insiste en que no desea utilizar la fuerza contra Taiwán. En primer lugar, porque aún no está totalmente segura de poder ganar allí una guerra convencional contra EEUU, especialmente cuando sucesivas purgas han desmantelado su cúpula militar. Tampoco desea un conflicto que afectaría gravemente a las exportaciones taiwanesas de semiconductores, lo cual desestabilizaría la economía global, empezando por la china. Y finalmente, como me dijo en cierta ocasión un alto dirigente del partido, porque conduciría a una guerra civil entre chinos. En la cumbre se trataron otras cuestiones. Es verdad, como dijo Trump, que China es favorable a la reapertura del estrecho de Ormuz y que no desea un Irán nuclear. Pero no está claro que esté dispuesta a implicarse demasiado en esa cuestión. Considera que la situación actual es un problema innecesariamente creado por Estados Unidos, que siente en este momento mucha más prisa que ella por resolverlo. Si China finalmente hiciera algo, es difícil imaginar que a EEUU le saliera gratis. Opinión Ambos países decidieron asimismo crear un Consejo de Comercio. Es una idea norteamericana, para tratar de reducir su déficit comercial. Pero ese déficit responde a un desequilibrio estructural difícil de modificar. A EEUU le interesa comprar muchos más productos chinos que a China en EEUU. El mercado chino, además, permanece mucho más cerrado que el norteamericano. Es posible que China decida que le conviene tener un gesto, como ha hecho en ocasiones anteriores, y aumente sus compras de productos agrícolas y de aviones Boeing, pero eso no cambiará mucho las cosas. También se creó un Consejo de Inversiones, dirigido a promover en China las inversiones de grandes empresas financieras y tecnológicas norteamericanas, y en Estados Unidos las de empresas chinas de energías renovables. Estados Unidos no planteó ninguna cuestión relativa a los derechos humanos, que no interesan mucho a Trump. Su trato de los inmigrantes dentro de su propio país tampoco le da mucha credibilidad para hacerlo. La cumbre de Pekín refuerza la idea de un mundo bipolar, en el que dos grandes potencias se reúnen para abordar los asuntos globales. Es una imagen que gusta a los chinos, que se ven reconocidos como el igual de EEUU. Ambos planean mantener otros tres encuentros al máximo nivel durante este año. Sin embargo, la desconfianza recíproca se mantiene intacta, lo que explica, por ejemplo, la fijación china en eliminar toda dependencia de Estados Unidos. También las razones de fondo de la rivalidad entre ambos, ya sean políticas, económicas, tecnológicas, militares o ideológicas. Entre ellas, el asunto de Taiwán sigue siendo el más sensible. Pekín parece decidida a colocarlo en el centro de su relación con Washington.
Taiwán en la cumbre de Pekín
Estados Unidos y China desean estabilizar su relación. Pero las razones de fondo de la rivalidad entre las dos grandes potencias se mantienen intactas. Entre ellas destaca la cuestión de Taiwán














