En la cumbre pequinesa de este jueves y viernes, Taiwán no estará en la mesa, pero sí en el menú. Xi Jinping y Donald Trump volverán a verse las caras después de seis meses y medio y, además de plantear la crisis de Irán, algunos temen que la isla se convierta en moneda de cambio. Una aprensión compartida por los dos bloques políticos en Taipéi, aunque por motivos distintos. El campo “azul”, en la oposición, celebra el diálogo y espera que dé frutos, mientras que el campo “verde”, en el poder, sueña con que las trincheras se mantengan y refuercen. Los presidentes de EE.UU. y de la República Popular de China, Donald Trump y Xi Jinping REUTERS/Evelyn HocksteinEstos últimos se las prometían muy felices con el retorno al poder de Trump, pese a no tener ningún motivo de queja con Joe Biden. Sin embargo, el político republicano llega a Pekín en un momento de debilidad y confusión que preocupa a sus aliados asiáticos.Su máxima preocupación es salir indemne del estrecho de Ormuz, antes de las elecciones de medio mandato. Pekín, una de las dos o tres capitales con verdadero ascendiente sobre Irán, lo sabe. Mientras que el camino más seguro para arrancar concesiones del gobierno chino pasa por Taiwán. Y Trump también lo sabe.DiplomaciaEl gobierno taiwanés, en la trinchera, recela de una mejora de relaciones entre Washington y PekínNo estaba escrito que la primera visita de un presidente de EE.UU. a China en nueve años fuera a producirse en estas circunstancias, con la economía mundial a pocos pasos del abismo y amenazas cruzadas de hacer saltar por los aires Oriente Medio. Trump pudo haber viajado a Pekín tras haberle arrebatado a China a su gran aliado venezolano, rico en reservas. Pero sucumbió a los cantos de sirena de una guerra relámpago contra Irán, que debía colocarle en una posición de fuerza aún mayor ante Pekín, destino principal del crudo iraní. La realidad ha invertido los papeles. Tras varios ultimátum ignorados por Irán y un alto el fuego cogido con alfileres, EE.UU. casi suplica -primero a través de Pakistán- una mediación china. La industria de Defensa, por su parte, presiona para que la Casa Blanca dé luz verde a un paquete para Taiwán de 14.000 millones de dólares, que se sumaría al aprobado el año pasado por 11.000 millones. Es el presupuesto exacto aprobado el viernes pasado en el parlamento de Taipéi, que no tiene elección. Desde hace 35 años, ningún otro país se atreve a venderle armamento. EE.UU. tampoco reconoce a la República de China -desde 1979, cuando cerró su última base- pero se obliga por ley a apoyar su defensa. Eso no significa que se comprometa a intervenir militarmente. Pero con un cliente cautivo como Taiwán, la industria bélica estadounidense es capaz de monetizar tanto sus triunfos como sus derrotas. Ahora en forma de lanzaderas HIMARS: 111 en lugar de las 11 iniciales, para mantener a raya a la armada china. Mientras que la cúpula T-Dome aseguran que estará concluida en 2027.Hace dos domingos, el presidente de Taiwán, Lai Ching Te, logró aterrizar al segundo intento en Esuatini, el único aliado que le queda en África. Diez días antes tuvo que suspender el viaje porque varios países le denegaron su espacio aéreo. En la foto, el rey Mswati III, sin ninguna de sus doce consortesRepública de China / Ap-LaPresseAntes que el fantasma de Irán fue el de Ucrania el que se paseó por Taiwán. Fue en las elecciones de 2024, en que el Kuomintang y el resto de la oposición conquistaron la mayoría de escaños con la promesa de rehuir un choque de gigantes que pudiera aplastar la isla. Sin embargo, el “soberanista” Lai Ching Te conservó la presidencia para su Partido Demócrata Progresista (PDP) gracia al 40% de los votos y a que en Taiwán no hay segunda vuelta. EncuestaDos de cada tres taiwaneses desearía conversaciones de gobierno a gobierno entre China y su paísDesde entonces, el apoyo al PDP y su política de máxima confrontación con Pekín ha seguido erosionándose. Dos de cada tres taiwaneses querrían negociaciones “de gobierno a gobierno”, según una encuesta del canal TVBS.El fiasco de la guerra desatada por EE.UU. contra Irán no ayuda a Lai, por mucho que este martes diera las gracias a Trump “por reforzar nuestras defensas”. El político taiwanés regresó hace una semana de su accidentado viaje oficial a Esuatini, a tiempo para recibir al presidente de Paraguay, Santiago Peña, uno de los doce jefes de Estado que aún le reconoce como homólogo. El Kuomintang, mientras tanto, elevó a su jefatura a la carismática Cheng Li Wun, que el mes pasado visitó a Xi Jinping en Pekín. “Taiwán no debería tener que elegir entre EE.UU. y China”, ha dicho esta semana. Frente a la militarización, este junio llevará a EE.UU. su propuesta de “una cadena de paz y prosperidad en el Pacífico”.Nada que ver con la teoría y práctica de Irán, que de todos modos, empleó una baza -el control de Ormuz- que a nadie pilló por sorpresa. Excepto al presidente de EE.UU. y su secretario “de la Guerra”. Los taiwaneses temen que, para arreglar el desaguisado, Trump esté dispuesto a venderlos por un cuenco de arroz. O por equis toneladas de soja, maíz y carne de ternera, más unos centenares de Boeing. A cambio de un rechazo explícito a la independencia de Taiwán o un rearme limitado. Antes de subirse al Air Force One, rumbo a China, el propio Trump se encogía de hombros: “Estamos a 9.500 millas de Taiwán y ellos a 67”. Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.