Opinión
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Imagen es percepciónUn sistema corrupto no cambia únicamente con nuevos nombres, sino con ciudadanos que exijan instituciones reales.
Un sistema de justicia no colapsa porque sí. Colapsa porque quienes debían sostenerlo —jueces, fiscales, abogados— fueron cediendo, uno a uno, ante presiones que parecían pequeñas hasta que ya no lo eran. Este patrón no es exclusivo de nuestro país. Sin embargo, hay naciones que, contra todo pronóstico, han luchado por un desenlace diferente.
Georgia era considerada uno de los países más corruptos de su región. Los ciudadanos pagaban sobornos para casi cualquier trámite. La Policía era una red de extorsión uniformada. En 2003 la población dijo basta. El nuevo gobierno disolvió el cuerpo policial completo y lo reconstruyó desde cero con nuevos reclutas y salarios dignos. Se digitalizaron registros y procedimientos judiciales, eliminando la discrecionalidad que alimentaba la corrupción. En menos de una década, Georgia saltó del puesto 133 al 51 en el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional. El Banco Mundial la nombró el reformador más acelerado del mundo.







