En un edificio ruinoso, lo de menos son las cloacas. Del partido o del Estado. Haberlas haylas, pero también hay jueces y policías. Tenemos una de las justicias del mundo más severas con los poderosos. Aunque es lenta y está desbordada, porque anda exigida hasta límites extremos por un Estado que presenta deficiencias estructurales. Ahí reside el problema.

Lo extraordinario de lo que estamos conociendo estos meses no son los supuestos encuentros corruptos, sino las fehacientes reuniones legales entre personas privadas y cargos públicos. Que los empresarios tengan las puertas abiertas de despachos oficiales y se tomen cafés con políticos o asesores no es admisible en una democracia sana sin una fiscalización exhaustiva. Los intereses económicos no pueden meterse alegremente en la cocina de unas medidas que pueden concederles millones en contratos, ayudas u otras dádivas. Eso es meter al zorro en el corral de las gallinas sin preguntarle qué viene a hacer.

Nos impactó mucho la foto de unos grandes empresarios norteamericanos en primera fila durante la inauguración de Trump. Pero no nos llevamos las manos a la cabeza al descubrir que grandes, medianos y pequeños empresarios españoles se pasean a sus anchas por ministerios, consejerías o ayuntamientos.