Sin clases, profesores ni horarios: los estudiantes aprenden programación resolviendo proyectos, evaluándose entre ellos y avanzando a su ritmo en una iniciativa que responde a la creciente demanda de perfiles tecnológicos
Nadie les explica qué tienen que hacer. Ni por dónde empezar. Ni siquiera si lo están haciendo bien. Algunos llegan con cierta soltura, porque ya han trasteado con código, han visto vídeos o probado cosas. Otros —muchos— se sientan frente a la pantalla sin saber exactamente qué están mirando, aún confusos porque, al entrar, les han dado la tarjeta, la bienvenida y poco más. En la sala hay silencio, pero no es un silencio cómodo. Es más bien el de quien intenta descifrar un idioma que no conoce. En algún momento alguien pregunta algo en voz alta. Otro responde. Y así, poco a poco, empieza a formarse una especie de comunidad improvisada: desconocidos que se ayudan porque no tienen otra opción.
Es la piscina de 42 Madrid, el proceso de selección con el que este campus de programación —impulsado por Fundación Telefónica— decide quién entra y quién no. Dura 26 días, pero no funciona como un examen al uso: aquí no hay clases, ni profesores, ni un temario que seguir. Hay problemas, retos y una regla no escrita: si no sabes algo, pregúntale al de al lado. Y si él tampoco lo sabe, buscadlo juntos.






