Ninguno de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o las naciones que las albergan en caso de ser atacadas

La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo. ...

Misiles, bombas y drones han caído sobre distintas ciudades de Oriente Próximo y caen todavía sobre Tiro, Sidón o Beirut, más vulnerables cuanto menos medios defensivos tiene el Estado que debiera protegerlas. Solo ruinas quedan de Gaza, la capital de la Franja sistemáticamente molida a bombazos por Israel. No tenía Estado que la protegiera, sino todo lo contrario: contaba con un Estado exterior enemigo y estaba, está todavía, controlada por una guerrilla terrorista agazapada entre su población. Idéntico destino quieren para la capital de Líbano los ministros de la extrema derecha racista y totalitaria que se sientan en el gobierno de Netanyahu.