El desmantelamiento del edificio global impulsado por EE UU tiene consecuencias imprevisibles tanto en Oriente Próximo como en Europa
Es pronto para hacerse una idea completa del paisaje de ruinas, especialmente devastador en Oriente Próximo. La guerra es siempre un terrible agente transformador. Nadie que se involucre en ella sale intacto. Ni siquiera quienes pretenden mirar los toros desde la barrera. Y todavía no ha terminado la demolición, acelerada por la violencia tecnológica y
is.com/opinion/2026-04-03/la-irritante-frivolidad-de-donald-trump.html" data-link-track-dtm="">la vanidosa ineptitud del comandante en jefe.
Muchas columnas del edificio internacional están agrietándose. La más visible estos días es la OTAN, la alianza defensiva más exitosa de la historia, según sus dirigentes. Nunca ha ocultado Trump sus intenciones liquidacionistas, avanzadas ya en su primera presidencia, pero las está desplegando descaradamente en la segunda. No hay aliados ni socios en pie de igualdad para el actual presidente, sino vasallos que deben someterse y pagar las gabelas que exija la superpotencia, o en caso contrario quedarse sin la Alianza.
Su primer y mayor disputa tiene su origen en su concepción mercantilista y feudal de las alianzas, con las que el señor protege a los siervos a cambio de sus contribuciones en hombres armados o en financiación de su erario. Trump ha exigido a los socios un incremento en el gasto de defensa hasta alcanzar el 5% del PIB para disminuir la contribución de su país, obtener contratos para los fabricantes de armas estadounidenses y desentenderse de la guerra de Ucrania. En ningún caso para que Europa adquiera mayor autonomía estratégica.






