Combatientes de facciones proiraníes, milicias vinculadas al Estado y fuerzas del ejército regular se entrelazan en un complejo entramado que agrava las tensiones entre Bagdad y Washington y arrastra al país a la guerra regional

Hay nombres de ciudades como Faluya o Mosul que evocan guerra y destrucción, aunque pocos sepan ubicarlas en el mapa de Irak. La primera quedó asociada a la feroz resistencia contra los marines estadounidenses durante la invasión de 2003, que derrocó a Sadam Husein y dio paso a un nuevo sistema político dominado por partidos chiíes, mayoritarios en el país. La segunda se convirtió en símbolo del auge del yihadismo cuando, en junio de 2014, Abu Bakr al Baghdadi procl...

amó desde el púlpito de la Gran Mezquita al Nuri el llamado califato del Estado Islámico (ISIS).

Ambos episodios marcaron profundamente a Irak, dejando una huella política, social y confesional que encorseta a los gobiernos que se suceden en Bagdad. Más de dos décadas después de la invasión, en estas urbes, y en las autopistas que llevan a ellas, empieza a abrirse paso el hormigón y huele a pintura fresca de una reconstrucción en marcha. Pero desde la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero, estas ciudades se han vuelto a convertir en el objetivo de drones y misiles en un país que, pese a resistirse, ya se ha visto arrastrado a una nueva contienda.