Tras tres décadas instalados en Irak, los combatientes desalojan sus bases militares y se preparan para “el día de después” de la posible caída del régimen iraní
En zapatillas de deporte y uniforme militar, el general Rebaz Sharifi camina sobre montañas de escombros esparcidos alrededor de un boquete que dejó hace unos días un misil balístico iraní en su base militar en la provincia de Erbil, al noreste de Irak. Asegura contar con más de medio millar de combatientes en las filas de su Partido de la Libertad ...
del Kurdistán (PAK, por sus siglas en kurdo) y fuerzas kurdoiraníes opuestas al régimen de Teherán, asentadas en la región semiautónoma kurda del norte de Irak desde hace tres décadas. El complejo militar está desierto, incluidas las viviendas. Tan solo un par de perros se pasean entre unos columpios de colores construidos para los hijos de los combatientes.
“Aquí ha caído un mártir y tres compañeros han sido gravemente heridos”, dice Sharifi, señalando lo que fuera la entrada de una oficina. A sus 38 años, lleva dos décadas en las filas de la oposición al régimen iraní. Opuestos primero al shah de Persia en los años sesenta y desde 1979 a los islamistas, encontraron refugio al otro lado de la frontera iraní, en el Kurdistán iraquí cuando este se formalizó en 1991 gracias al apoyo de Estados Unidos. Al igual que el PAK, las otras cinco milicias kurdoiraníes, que recientemente se han agrupado en la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní, están desalojando sus bases y evacuando sus combatientes a lugares secretos dentro del Kurdistán iraquí. En sus cuarteles ya solo pueden contar el goteo de muertos y heridos por ataques con drones o misiles iraníes sin capacidad alguna de responder. Es generalmente entrada la tarde cuando se oyen los misiles iraníes zumbar sobre el cielo de Erbil o los drones explotar sobre la ciudad.






