La inestabilidad derivada de la guerra se suma a la nueva colaboración de las autoridades emiratíes en una combinación que ayuda a estrechar el cerco contra los capos

“En Dubái están los que disparan con el teclado del teléfono, calentitos en sus casas, mientras aquí se montan algunos pitotes que flipas. Aunque ahora empiezan a no tenerlo tan fácil”. Juan —nombre ficticio mediante— resume en dos frases cómo y desde dónde opera lo que él llama con guasa “la clase alta de narcolandia”, que él conoce b...

ien desde dentro. Tiene amigos ahí, ha invertido en algún porte de hachís y se conoce a la mayoría de los capos del Estrecho de Gibraltar, pero reconoce que llegar a esas esferas de poder son palabras mayores y peligrosas. Hace ya cuatro años que la cúspide del negocio de la droga del país, especialmente si es cocaína, mudó su “oficina central”, como la define un policía del Grupo de Respuesta Especial para el Crimen Organizado (GRECO) de Cádiz, a esta ciudad de Emiratos Árabes. Sin embargo, la guerra de Irán, la nueva colaboración policial con las autoridades emiratíes y la pérdida del anonimato del destino como refugio del narco están llevando a los más poderosos a mover ficha.

En esa “junta mundial del narcotráfico”, como la define una fuente judicial, se ocultan al menos unos 12 identificados en el negocio del narco español, varios de ellos del Estrecho de Gibraltar. Todos comparten un patrón común: mueven cocaína, se saben perseguidos por los investigadores —tengan una orden de búsqueda en vigor o no— y manejan tal volumen de dinero que es el mejor destino en el que estar para cerrar negocios y no llamar la atención. “Los principales suministradores [de droga] van a negociar allí. Antes se hablaba de que hacían eso en Marbella, pero ahora los que saben que están investigados se van allí y esto es ya para descansar”, explica el mismo agente del GRECO. “La Fiscalía Antidroga está preocupada y trabajando sobre ello”, se limitan a aclarar desde el Ministerio Fiscal.