La urbe más poblada de Emiratos Árabes Unidos es un pastiche posmoderno, un ‘render’ habitable, un Las Vegas sin la coartada de la ironía, una ciudad en que todo está mal

El pasado 28 de febrero cayó el fragmento de un dron iraní en el Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera gigante que tienen en Dubái. Y esto es tan narrativamente coherente que parece escrito por un escritor de ciencia ficción de los años setenta.

Porque Dubái es esencialmente una distopía escrita hace 50 años. Como Super-Cannes o High Rise, de Ballard. Que yo las leí en los noventa y dije: “Molan, pero es imposible que nadie construya nunca algo así”. Sin embargo, no solo la construyeron, sino que millones de personas se han ido allí de vacaciones o a trabajar haciendo como que están de vacaciones y a subir stories y TikToks.

Lo que me sorprende es que haya tanta, tantísima gente, que no lo ve a la primera, porque Dubái nunca ha ocultado su condición distópica, de hecho la exhibe, la pone en el escaparate, la ilumina con LEDs, le añade una pista de esquí interior — Ski Dubai, 22.500 metros cuadrados de nieve artificial a temperatura constante de un grado bajo cero en una ciudad en medio del desierto cuya agua potable viene de desalinizar el Golfo Pérsico— y te cobra entrada para esquiar y para ver la colonia de pingüinos que hay dentro. Que la hay, en serio. Gente que, teóricamente, está capacitada para entender que una monarquía sin libertad de prensa, sin derechos laborales, sin derecho a la disidencia, con temperaturas de 48 grados que obligan a climatizar las paradas de autobús, representa un modelo civilizatorio tan obtuso —además de inmoral, pero no voy a entrar en eso en este texto— que viene con la fecha de caducidad impresa en la frente. Pero el hotel tiene un acuario en el vestíbulo y el acuario es enorme y las suites tienen ventanas que dan directamente a ese acuario donde los tiburones pasan literalmente al otro lado del cristal de tu dormitorio, a unos 8.000 euros la noche. Y ese hotel existe, es el Atlantis The Palm, 1.544 habitaciones temáticas sobre el mito de la Atlántida en la punta de la palmera, inaugurado en 2008 con una fiesta que costó 15 millones de libras e incluyó un concierto privado de Kylie Minogue.