El clásico chino no tiene misterio: solo necesitas saltear correctamente las verduras, dejarlas enfriar y ganar un poco de experiencia con el enrollado

Los rollitos de primavera parecen sofisticados, cuestan más de lo que deberían –sobre todo si son congelados, algo dolorosamente habitual– y a veces vienen acompañados de un poco de lechuga iceberg con una vinagreta misteriosa. En realidad son simplemente verduras salteadas envueltas en una lámina de harina frita, y para hacerlos en casa no necesitas siete apellidos chinos ni tres woks de importación.

Lo del enrollado, que es lo que más intimida, no es tan difícil. Las primeras veces te quedarán torcidos como un regalo envuelto por un niño de tres años, pero a la de diez los haces con una sola mano mientras hablas por teléfono. No es técnica: es experiencia, como casi todo en esta vida.

Aunque hoy los asociemos a cualquier restaurante chino de barrio, los rollitos tienen su origen en las celebraciones del Año Nuevo chino, con la llegada de la primavera y el aprovechamiento de las verduras de temporada. Para hacerlos en casa no hace falta ningún altar asiático. Las obleas –láminas cuadradas de unos 22 centímetros por lado– se encuentran en cualquier tienda de productos asiáticos. El relleno admite improvisación, pero hay dos normas innegociables: que esté frío del todo antes de envolverlos y que no tenga humedad, porque si no la oblea se reblandece y la cosa acaba en una pasta informe.