Esta planta, que puede alcanzar los tres metros de altura, posee unas espinas tan poderosas que en muchos lugares se usa para proteger cultivos

Aquello de “ser un cardo” es una expresión peyorativa de lo más antipática, que se puede aplicar a una persona de carácter desagradable. Es una evidencia que los cardos, gracias a sus espinas, no son muy propensos a recibir caricias, pero sí que tienen unas anatomías admirables. Hasta tal punto esto es así que, desde a...

ntiguo, sus esculturales hojas pinchudas han ornado mil y una estructuras creadas por el ser humano, desde arquitecturas hasta papeles pintados para la pared. Tal es su abundancia que a las especies de cardos se les puede dedicar un libro entero, y, de hecho, hay varios circulando en distintos idiomas, como el patrio Cardos de Extremadura, volumen editado hace pocos años por la universidad de aquella comunidad autónoma y que muestra la riqueza botánica de este grupo de plantas.

Los cardos son margaritas —frase que podría ser el corolario de algún escrito—, por lo que pertenecen a la gigantesca familia de las asteráceas, aquellas cuyas inflorescencias se asemejan a estrellas sobre la tierra, que en numerosas ocasiones elaboran pétalos coloridos, como los girasoles (Helianthus annuus) y las gerberas (Gerbera jamesonii). Pero, al contrario que otras margaritas, los cardos son de mírame y no me toques, a riesgo de llevarse algún pinchazo bien puesto, vacuna gratuita que procura el campo a aquellos dedos o pantorrillas que se acerquen a ellos de forma descuidada.